martes, 25 de diciembre de 2012

"EL METRÓNOMO"


-¿Y aquellas marcas bajo la ventana?
-Fue un gato. Un gato que quedó encerrado...



I

Estaba siendo, entre todas sus experiencias, la más gratificante. Transcurridos varios días había observado encontrarse en aquella situación bastante cómodo; una burbuja de recogimiento necesaria para su propósito. Esto llenaba su ánimo de añoranza y sorpresa; lánguidas sensaciones de voluptuosa serenidad que bebían de la firmeza de una decisión a su juicio bien tomada. En definitiva, justa para él más que para nadie.

Llegada la hora de comer, aquella rutina previa al abandono y la conmiseración habían resultado un almuerzo suficiente desde aquella primera tarde fría en las rezumantes habitaciones de Mestre. Comenzaban ahora, sin embargo, las primeras inquietudes del hambre en su proceso hacia la muerte.
Sufría la tenaz insistencia de un estómago vacío llamando a su astucia y de ningún modo hubiere podido hacer algo al respecto; se había hecho encerrar, con total conciencia, durante aquel invierno, tras el cual habría de salir a la luz su mortal travesura y aparecer ante su ama en forma de cadáver descompuesto y adherido a las baldosas.

La decisión, provechosa y bien calibrada como gato adulto de quedar voluntariamente encerrado en alternativa al suicidio por ahogamiento, había sido, según su valoración primigenia, una idea aceptable. El deterioro físico sin grandes sobresaltos y el ordenado y natural cauce hacia la inconsciencia le reportarían con seguridad gratificantes horas de recuerdos enlazados antes de que el primer desmayo pudiere devaluar su lucidez; beneficiarían sus últimas horas de vida dotándolas de sentido, de plenitud.
¡Una plenitud excelsa, mágica, abrigada de pánicos inútiles!.

No obstante había comido ratones. Tras el impacto inicial de ver alterado el orden correcto de las cosas, determinó, después de varias horas en deliberación y arrepentimiento, que debía pensar en ello como en una última debilidad en el ocaso de su existencia y legítima le pareció esta conclusión. Resolvió al fin cegar sus ojos a tal concupiscencia y centró sus ánimos en saberse vencedor en su decisión de esperar la muerte en forma natural.
El hambre y la sed acostumbrarían a lo irracional de sus impulsos a mantenerse agazapados, dormirían sus instintos primarios para abrir por fin las puertas a gloriosos recuerdos de gato receloso y confiado, razonable y vehemente, particularidades antagónicas y percibidas por sus semejantes como toques desconcertantes de lo que, sin embargo, siempre había traducido en un correcto sonido de metrónomo.
En efecto, aún hoy, encerrado en aquella casa de Mestre durante varios días ya y asumida su próxima muerte, podía escuchar el sonido de aquel metrónomo y esperaba pacientemente la entrada de alguna nota, de un instrumento cualquiera, que envolvieren con indolencia su particular presencia.
“Habría de ser, por tanto”, pensaba.

Y entre las notas que las hojas de la higuera y el granado del jardín derramaban ampulosas sobre la tarde de lluvia , el gato, atusado el bigote tras la siesta vespertina, se esforzaba por eludir el incesante aullido del viento, el pertinaz rugido de su estómago vacío, para concentrar su esperanza en el espectáculo trapecista que ofrecían las ramas de los árboles.

Le llegaba a la memoria aquel primer encuentro con sus semejantes, envueltos en la humedad como en la noche. Dormían confiados en sus escondites húmedos, inconscientes de su inconsciencia y felices en su universo. Recordaba las camas sucias, las mantas y los orinales. Las horas empapadas, el tiempo inundado. Los sueños mojados y durmientes, ajenos a la negrura de una madrugada demasiado larga.

El aire, espesado por el vapor de los cuerpos juntos, por la condensación de centenares de espiraciones grises, salían por ventanas cerradas atravesando tablas de madera podridas y macerando a su vez el aire de las calles uniéndose a la humedad exhalada por los canales.
Recordaba con angustia el cielo plomizo preñado de nubes como un cinturón que ajustase bajo ellas el aire. Un cielo que no acertaba a romper en lluvia entonando por ello una nota sostenida parecida a la que un enorme oboe produjere; un gigantesco oboe atascado en una nota eterna, impertinente do sostenido refugiado en algún lugar del universo conocido por el gato.

Recordaba también, en aquel amanecer de sus recuerdos, el amanecer del día siguiente. Sus dobles y triples haces de luz perforando los oscuros agujeros en los que dormían sus semejantes, esforzándose por abrigar y secar aquella amalgama sucia, desfavorecida. Desesperándose al comprobar cómo aquellos seres mojados, grises, escuálidos, insistían en derramar apresuradamente cubos de agua fría sobre los suelos resbaladizos en un pulso sin sentido contra el calor del sol.

Por aquel tiempo aún deseaba amar lo que era.



II



Extendía el gato sus patas desperezando el ánimo en vez del sueño. Encontró una distracción tras los cristales de la ventana; una gota de lluvia que llevaba consigo todos los colores de la apatía arrastrándose lentamente hacia el precipicio del cristal. Aunando sus esfuerzos en el último intento por llegar a algún lugar, demasiado pesada ya y habiendo recogido en su camino otras pequeñas gotas paralelas que acudían a ella de forma irremediable, avanzaba despacio pese a su enormidad.
Deliberó el gato que tal vez quisiera aquella gota de lluvia pensar en qué hacía y a dónde iba. Fue entonces cuando una conmiseración arrolladora poseyó su voz lastimando su garganta seca un maullido, largo, hondo, que se perdió inmediatamente en su proyección hacia la ventana.
Otros tantos ocuparon la tarde, hasta que aquella gota de lluvia se borró de su memoria.

Comenzó la noche del gato en su claustro embebido en delicados dolores. Observó cómo el primero de ellos le rodeaba el abdomen despacio y terminaba haciendo un gran lazo sobre su lomo. Aquel fue el más agradable; enredaba su cuerpo de gato adulto con suavidad, acariciándolo despacio y robándole algún ronroneo. Tenue. Como la luz mortecina del farol de la calle de Mestre.
Siguieron después los dolores intensos, arrebatados, envueltos en la inercia similar al rodar de una noria. Bruscos como las sinfónicas notas del viento, acallados por ellas, obligados a vivir como clandestinas erupciones; sin volcán que vomitar a la tierra. Y no comprendía por qué habría de ser así la muerte. Debía ser más fácil morir. Entendía que el sufrimiento en tal instancia no beneficiaba a nadie y colocó su cuerpo acurrucado bajo la ventana.
Los músculos atezados, los bigotes helados, los sentidos inservibles... Pero se obligó en el recogimiento mortal. Imaginó en tal punto una coraza como la corteza de un árbol y todo él se volvió árbol. Salieron hojas de sus orejas, primero pequeñas hojas aturdidas que fueron creciendo hasta formar pequeñas ramas, después sus uñas astilladas dejaron crecer largas raíces que caían poco a poco por el dintel de la ventana de la casa de Mestre. A fin de ser un árbol más grande y fuerte dejó que éstas se extendieran por todo el suelo de la habitación; se enredaron en las patas de las sillas y en las de la cama, ensartaron como agujas el colchón y penetraron como termitas en la madera. Muy pronto la habitación de Mestre se convirtió en el recipiente del gato.
Fue entonces cuando dejó de sentir dolor y durmió antes de ver cómo una araña que se descolgaba por el cristal encontraba como siempre un motivo feliz para permanecer mucho tiempo más en un rincón de la ventana.



III



El sonido del metrónomo despertó al gato en mitad de la noche. Lo sintió primero en un sueño; creía estar en una gran sala vacía y aquel sonido no era sino el batir de unas palmas que le alentaban a bailar.
Y bailó según el sonido del metrónomo, pareciéndole que aquel compás de palmas era una música exquisita. Demostró su presteza y aplicación al hacerlo, su disposición y elegancia hasta convenir que era un sueño. Sólo al despertar quedó el compás pausado del metrónomo. Podía oírlo con total claridad y abrió bien sus ojos de gato y estiró bien sus raíces de árbol para recibir por fin a la esperada nota musical.
El gato, aventuró emocionado cuál podría ser la primera que abriese en cascada una singular melodía.
En el jardín bailaban las hojas caídas, sobre los cristales morían las gotas de lluvia que corrían hacia los marcos de la ventana, dejando tras de sí por un instante un leve rastro que el viento enseguida secaba para dejar caer otras nuevas.
La araña envolvía una pequeña presa en su rincón de la ventana cuando el hombre que miraba la lluvia dejó de hablar en voz alta y cayó al suelo de baldosas.


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