A mí, en mi barrio; en la puerta de mi casa, acaban de estampar dos huevos dos críos, primos entre ellos a la voz de "¿truco o traco?" y con el añadido de "tengo cojones pa tirarte el huevo".
He salido, puesta a pegar gritos por el hueco de la escalera, que es como aquí entienden las cosas, acordándome de las puñeteras madres de los puñeteros críos y jurando que si los llego a pillar la hostia se la llevan así hubiere llegado la policía y que me lo pasaba todo por el arco del triunfo.
La dulce Chari, qué cojones.
Aunque pueda parecer de ciencia ficción, tratándose de mi barrio, ha subido después uno de los autores del disparo hueveril a disculparse, a la orden de mis gritos. Temblando y gimoteando, "perdone señora..." y después llorando a moco tendío y diluyéndose el maquillaje en solución lacrimal; acusando a su primo como autor del segundo impacto que casi arruina el jersey de una de las mamás de mi fiesta de pijamas.
Un vasito de agua y un abrazo se ha llevao, el vampiro.
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viernes, 1 de noviembre de 2013
jueves, 21 de junio de 2012
DE LO QUE ACONTECIÓ EN UNA MADRUGADA EN HORA IMPRECISA Y LLEGARE A ENCENDER LA LITERARIA IMAGINACIÓN DE MRS WILSON.
Cierto es, reconoce Mrs Wilson, que la generosa amplitud de un colchón confortable a menudo exige el sacrificio de la soledad. Curiosas son las mil y una posturas del amor y la compañía individuales en un terreno de uno treinta y cinco con almohada de látex para cervicales rencorosas.
Se gana esto también con la voluntaria viudez: enajenación mental maravillosa y permanente que ofrece a menudo llaves al mundo de Alicia...
Esto debió pensar tras el movimiento telúrico, seguido de un tintineo de lamparita que sintió aterrizar en el piso de arriba aprisionándole el corazón en un trotar de latidos desbocados, dolientes.
El impulso primigenio de subir a socorrer a la vecina, aún a riesgo del irreversible desvelo, fue sosegado por el inconfundible tono grave de varón; marido solícito que acudía a ayudarla a levantar del suelo y a consolar el rosario de ayes de unas gloriosas carnes vapuleadas por el golpe inesperado...
Un llanto lastimero pudo escucharse durante largos minutos favorecido por las paredes del palomar, llenando en hora imprecisa con guirnaldas extrañas el silencio de la madrugada.
Mrs Wilson caviló trabajosamente sobre lo sucedido; no era sueño por tanto, se dijo: la vecina se había caído de la cama junto al contenido de la mesita de noche y ante el repentino silencio del marido al auxiliarla y el prolongado llanto desconsolado de la mujer, Mrs Wilson se adjudicó tan sólo un pensamiento, una conclusión satisfactoria que le permitiere de nuevo conciliar el sueño en paz.
"Pobre mujer... estos son los daños colaterales de una afición desmesurada al fútbol..."
miércoles, 6 de junio de 2012
AMAGO DE TRAGEDIA GRIEGA EN "PANADERÍA LOLITA"
Pues nada hija, que viene la vieja malage y se me pone por delante, así como de paseo torero. Me quedo yo con el índice levantado señalando las barras calentitas y buscando en la distancia la más tostá para hacer los bocadillos de la playa. Y ella que se coloca a la izquierda en un arrebato de yo qué sé y recoge toda la disposición de la Lolita sólo con un meneo de barbilla así para arriba, mientras coloca la manaza en lo alto del mostrador como si quisiera mearlo y dice: "Me pone una empanadilla y una cerveza sin alcohol, que estaré sentada fuera en la terraza".
¡Digo!. Y se queda tan pancha la vieja, como si yo fuera transparente todo el tiempo... No, no, que se lo dije a la Lolita... eso, eso mismo... que la mala educación de la vieja, para pegarle dos tortas y no precisamente de las de mazapán de la vitrina, que esa se las come en un arriquitaun, la vieja pellejosa... que sí, como te lo digo... ¡Menos mal que me cogió ya con la regla en curso que sino le arreo una bomba sintáctica que la crujo entera!... ¿El qué?... ¿las niñas?... ¡Ah!, eso fue lo más gracioso del conjunto... ují...
Va mi hija y me dice: "Mamá, pero baja el dedo ya"... ¡Uf!, sí... jajaja... y es que todavía seguía yo emperrá en no perder de vista la barra cucurrúa que ya tenía localizá desde el principio...
jueves, 11 de agosto de 2011
Ecce abeja, el tapiz de lana y la fila de pasajeros (quizá fuera un sueño de Alicia...)
Cuando recoges el cuerpo envolviendo las rodillas con los brazos y las apoyas sobre el pecho, se abren las puertas del universo; el universo pequeño, el gran universo.
Eso mismo hice.
Fue entonces cuando encontré una peregrina abeja recorriendo un espacio pequeño del suelo rojo y casi hubiese sido posible no haberla visto si el silencio del monte lo hubiera dispuesto de otra forma.
Una realidad negra y amarilla marchaba sin detenerse a la izquierda de unos pies que no me pertenecían.
En aquel momento me di cuenta de que las abejas no solían caminar tanto.
En efecto; no era un mérito suyo aquella diligente procesión, la abeja había muerto y era llevada por devotas costaleras como un trono en un culto religioso.
Ignoraba dónde exactamente estaba el hormiguero y si el abdomen de la abeja cabría por él. En buscar el hormiguero comencé a pensar cuando un trueno terrible llamó mi atención justo por encima de mi cabeza... Una fila de pasajeros sentados en cómodos sillones estrechos se empeñaban en llegar a algún lugar.
Me propuse entonces ir con ellos dónde quisiera que fueran: "A cualquier lugar", pensé.
Y mis ojos miopes se esforzaron en seguirlos tenazmente. "¡Esperadme, esperadme!", les decía.
Los imaginé sentados ordenadamente escuchando música o leyendo el periódico sobre asientos de altos respaldos, mientras azafatas con bonitas piernas atendían a sus peticiones.
"Van a Italia.", me dije. "Van a Italia todos en fila, y una ensalada de tomates, queso y albahaca les recibirá muy pronto."
Me pregunté por qué nunca antes había visto ni oído un avión por encima de aquellos montes y me pareció que aquello era algo feo de todas formas.
Puse todo mi empeño en empujarlo más allá de los montes y poco a poco lo fui convirtiendo en un mosquito cada vez más pequeño.
Sé que hubiese sido difícil convencer a alguien de que aquel puntito minúsculo sobre el cielo era en realidad un mosquito volando hacia Italia con una fila de pasajeros en su interior pensando en ensaladas de tomate, queso y albahaca.
Aunque este hecho no hubiera sido nunca un problema para mí, porque pronto conseguí olvidarlo. Tan rápido como mis ojos miopes volvieron a contemplar el cielo con su justo color azul, sin mosquitos diminutos.
Yo no había cambiado mi postura en todo el tiempo y me mantenía recogida como las velas de un navío confiando en el buen viento... entonces, al bajar un poco la vista, me topé con la verdadera razón por la cual había subido a lo más alto de la casa en aquella hora mágica: observar cómo se tejía un denso tapiz de lana de alcornoques... hasta el límite de mi horizonte.
Eso mismo hice.
Fue entonces cuando encontré una peregrina abeja recorriendo un espacio pequeño del suelo rojo y casi hubiese sido posible no haberla visto si el silencio del monte lo hubiera dispuesto de otra forma.
Una realidad negra y amarilla marchaba sin detenerse a la izquierda de unos pies que no me pertenecían.
En aquel momento me di cuenta de que las abejas no solían caminar tanto.
En efecto; no era un mérito suyo aquella diligente procesión, la abeja había muerto y era llevada por devotas costaleras como un trono en un culto religioso.
Ignoraba dónde exactamente estaba el hormiguero y si el abdomen de la abeja cabría por él. En buscar el hormiguero comencé a pensar cuando un trueno terrible llamó mi atención justo por encima de mi cabeza... Una fila de pasajeros sentados en cómodos sillones estrechos se empeñaban en llegar a algún lugar.
Me propuse entonces ir con ellos dónde quisiera que fueran: "A cualquier lugar", pensé.
Y mis ojos miopes se esforzaron en seguirlos tenazmente. "¡Esperadme, esperadme!", les decía.
Los imaginé sentados ordenadamente escuchando música o leyendo el periódico sobre asientos de altos respaldos, mientras azafatas con bonitas piernas atendían a sus peticiones.
"Van a Italia.", me dije. "Van a Italia todos en fila, y una ensalada de tomates, queso y albahaca les recibirá muy pronto."
Me pregunté por qué nunca antes había visto ni oído un avión por encima de aquellos montes y me pareció que aquello era algo feo de todas formas.
Puse todo mi empeño en empujarlo más allá de los montes y poco a poco lo fui convirtiendo en un mosquito cada vez más pequeño.
Sé que hubiese sido difícil convencer a alguien de que aquel puntito minúsculo sobre el cielo era en realidad un mosquito volando hacia Italia con una fila de pasajeros en su interior pensando en ensaladas de tomate, queso y albahaca.
Aunque este hecho no hubiera sido nunca un problema para mí, porque pronto conseguí olvidarlo. Tan rápido como mis ojos miopes volvieron a contemplar el cielo con su justo color azul, sin mosquitos diminutos.
Yo no había cambiado mi postura en todo el tiempo y me mantenía recogida como las velas de un navío confiando en el buen viento... entonces, al bajar un poco la vista, me topé con la verdadera razón por la cual había subido a lo más alto de la casa en aquella hora mágica: observar cómo se tejía un denso tapiz de lana de alcornoques... hasta el límite de mi horizonte.
viernes, 13 de mayo de 2011
COSAS QUE PASAN POR CASA
El otro día mi niña tuvo un berrinche. De esos que duran muchísimo tiempo.
Cuando ya habían pasado sesenta minutos de pataleo incesante comencé a pensar en los vecinos...
Empecé a temer que bien podrían llamar al timbre, alarmados por el volumen de la rabieta.
Y sí, más o menos a los sesenta minutos me percaté que llamaban a la puerta. Resignada a mi destino abrí y ¿quién era?: el alcalde. Sí, sí, el alcalde. La repera, vamos.
¿Para tanto estaba siendo el berrinche que había tenido que venir hasta el alcalde?
Tras él, un séquito de acompañantes me observaban divertidos. Supongo que les parecería gracioso ver la cara de los vecinos al abrirles la puerta.
El sujeto me tendió la mano, me dió una bolsita con propaganda, boli, piruleta y pidió mi voto. Por supuesto (prometerlo no cuesta, hombre).
La rabieta aún duró un poco más y también el susto que me di al abrir la puerta...
Cuando ya habían pasado sesenta minutos de pataleo incesante comencé a pensar en los vecinos...
Empecé a temer que bien podrían llamar al timbre, alarmados por el volumen de la rabieta.
Y sí, más o menos a los sesenta minutos me percaté que llamaban a la puerta. Resignada a mi destino abrí y ¿quién era?: el alcalde. Sí, sí, el alcalde. La repera, vamos.
¿Para tanto estaba siendo el berrinche que había tenido que venir hasta el alcalde?
Tras él, un séquito de acompañantes me observaban divertidos. Supongo que les parecería gracioso ver la cara de los vecinos al abrirles la puerta.
El sujeto me tendió la mano, me dió una bolsita con propaganda, boli, piruleta y pidió mi voto. Por supuesto (prometerlo no cuesta, hombre).
La rabieta aún duró un poco más y también el susto que me di al abrir la puerta...
domingo, 30 de enero de 2011
LA ODALISCA
¡Lo que son las cosas!
A mí me lo enseñaron las monjitas... eso de ayudar a las ancianas a cruzar la calle, pues al morir y San Pedro preguntarme, yo podría decir que había sido una niña buena.
Y claro, ya se queda como una especie de defecto genético pos-natal que es adictivo, incluso después de aplicar la probabilidad a la existencia de Dios santo y el San Pedro con la llave...
Total, que me encuentro con Visitación.
Recuerdo que Visitación era -y es- una vecina del barrio. No sé si os acordaréis de ella...
Pues venía Visitación subiendo la "Cuesta los pobres", que así es como yo llamo a la cuesta tan empinadísima de la Venta "La Costilla", sitio venerado por la buena manduca.
En fin, que la pobre mía subía resoplando como un toro bravo, con su peluca bien colocá y su porte de gorrioncillo. Cargaba tres bolsas que lo menos pesaban cien kilos, llenas de mandaos del almacén del "Malajechu", abreviatura de "mala hechura" una vez aspirada convenientemente la "h" como manda nuestra herencia árabe...
Pues resultó que bajando yo, subía ella, y era tal su resoplar que sin hacer calentamientos previos le cogí las bolsas, en su mayoría llenas de botellas de cerveza y le pedí que me indicara el número de su casita.
A mí me lo enseñaron las monjitas... eso de ayudar a las ancianas a cruzar la calle, pues al morir y San Pedro preguntarme, yo podría decir que había sido una niña buena.
Y claro, ya se queda como una especie de defecto genético pos-natal que es adictivo, incluso después de aplicar la probabilidad a la existencia de Dios santo y el San Pedro con la llave...
Total, que me encuentro con Visitación.
Recuerdo que Visitación era -y es- una vecina del barrio. No sé si os acordaréis de ella...
Pues venía Visitación subiendo la "Cuesta los pobres", que así es como yo llamo a la cuesta tan empinadísima de la Venta "La Costilla", sitio venerado por la buena manduca.
En fin, que la pobre mía subía resoplando como un toro bravo, con su peluca bien colocá y su porte de gorrioncillo. Cargaba tres bolsas que lo menos pesaban cien kilos, llenas de mandaos del almacén del "Malajechu", abreviatura de "mala hechura" una vez aspirada convenientemente la "h" como manda nuestra herencia árabe...
Pues resultó que bajando yo, subía ella, y era tal su resoplar que sin hacer calentamientos previos le cogí las bolsas, en su mayoría llenas de botellas de cerveza y le pedí que me indicara el número de su casita.
Como piezas de tarugos se ven las casas de "Ahorro Energético", todas de blanco, como terrones de azúcar amontonados por un párvulo. Por dentro son muy coquetas. Bien distribuídas y luminosas, con un patio interior que comunica la entrada principal con la cocina; esto ofrece la posibilidad de entrar directamente a ésta sin necesidad de pasar al vestíbulo.
Por la cocina entré, seguida por Visitación, quien no paraba de dar las gracias con un apuro desproporcionado. Y enseguida entendí el porqué...
Allí estaba el porqué; sentaíta como una muñeca chochona en la cocina... y he de decir que curiosamente no recuerdo qué estaba haciendo, si es que hacía algo, que francamente dudo.
La hija de Visitación, cual despreocupada odalisca esmeraba su paciencia esperando a su trabajosa madre con las bolsas de la compra.
Al verme, pareció que se coloreaba. Pero no; su turbación era perenne. Siempre estaba colorada; esto lo supe después.
Una lluvia de "gracias" vino a confluir con las gotas de sudor que manaban de mi piel, en contrapunto a la frescura de la odalisca de Solagitas.
Visitación seguía resoplando y comprendida la indirecta, me dispuse a salir por el patio, sin saber si felicitarme por mi buena acción o darme yo misma un buen cosqui.
La culpa la tiene San Pedro.
Por la cocina entré, seguida por Visitación, quien no paraba de dar las gracias con un apuro desproporcionado. Y enseguida entendí el porqué...
Allí estaba el porqué; sentaíta como una muñeca chochona en la cocina... y he de decir que curiosamente no recuerdo qué estaba haciendo, si es que hacía algo, que francamente dudo.
La hija de Visitación, cual despreocupada odalisca esmeraba su paciencia esperando a su trabajosa madre con las bolsas de la compra.
Al verme, pareció que se coloreaba. Pero no; su turbación era perenne. Siempre estaba colorada; esto lo supe después.
Una lluvia de "gracias" vino a confluir con las gotas de sudor que manaban de mi piel, en contrapunto a la frescura de la odalisca de Solagitas.
Visitación seguía resoplando y comprendida la indirecta, me dispuse a salir por el patio, sin saber si felicitarme por mi buena acción o darme yo misma un buen cosqui.
La culpa la tiene San Pedro.
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