martes, 15 de diciembre de 2015

LA DIARREA CON REMOLACHA TIRA A LA BASURA A MERCEDITAS.


Semejante a verse envuelto en una levantera es el hecho de escuchar sin querer la conversación telefónica de una señora en el autobús.
Por narices, porque la tienes detrás. Y sin querer, te ves siguiendo el por qué de la diarrea de una tal Merceditas y el motivo por el cual con su detergente salen las manchas de remolacha de la ropa.
Y el "no" que le sigue a un "sí" encapsula tu vida, mientras no respiras porque sabes que va a seguir hablando.
Tras el cristal, corren la bahía, las salinas, los postes de la carretera y tú no corres.
Va a sacar la basura en cuanto llegue y además, comprará un paquete de patatas y lo subirá a un domicilio del que nunca más tendrás constancia.
No lleva los zapatos que alguien se va a poner para sentarse en la nochebuena a la mesa y no lleva además ningún zapato porque los otros están en la horma.
Merceditas tiene diarrea.
Y la remolacha sale con un detergente que sólo la señora que te grita al oído sabe.
Unos zapatos reposan tranquilos en una caja en algún lugar esperando la cena de nochebuena, mientras corre la bahía.
Corren los postes y las salinas y la señora dice "ya estoy llegando" y cuelga.
Y la cápsula se abre y eres un pedo cósmico que se disuelve aturdido por el choque brutal con el repentino silencio.
Y tu vida, durante un microsegundo, deja de tener sentido.
Hostias.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Despierta, querida.
La lluvia cesó.
Sobre los cristales de nuestra ventana el viento secó sus gotas.
Qué bella estás, amor.
Escucha:
suena fuera la música.
La traje toda para vos.
Y una capa de terciopelo
para tu cuerpo desnudo.
Pon sobre tu rostro la máscara precisa y dame la mano.
Hermosa mía,
Venecia nos espera.


domingo, 21 de diciembre de 2014

SE MERIENDA SIN PIJAMA, POR FAVOR.


La luz apagada, la penumbra... Su voz amable, atento a mí... El roce de sus dedos en mi cara...
Alto, algo tímido, irresistiblemente tímido, en la habitación, solos.. Timidez que a las leonas da tanta hambre.
Incauto, solícito, atento, aquella penumbra...
La palabra mágica luego, una vez, dos, tres... tan rica...
"Dímelo", "dímelo", cada vez que cambiaba la diapositiva, jejejeje. "Dímelo", "... y ahora, dímelo"
Una pieza fácil. Rápida, clandestina. Tímida, sobre todo tímida.
Tímida merienda para leona...
La merienda encendió la luz. El optometrista encendió la luz. El bollycao encendió la luz. Y lo que era penumbra lució de colores hirientes, realidad fulgurante...
Mi merienda clandestina asomaba, bajo su bata blanca de optometrista y su jersey de chico bueno, un indicio de pijama de abuelito, de color granate, con sus botoncitos con filo dorado...
Ya volveré en verano.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

LA WILSON


Se fue mi madre a la Alemania con tres maletas cargadas de viandas españolas.
Jamón, que no hay; polvorones que no hay, y un puchero, que tampoco hay.
También le eché yo unos cuentos pa el chico y una postal pa mi hermana Tania, que a la Estrella ya la achuché yo bastante el otro día que vino...
Allá que llevó el puchero en el avión la Wilson, haciendo escala en Palma de Mallorca, con dos pares, sí señor.
Una bolsa de ropa y lo demás de turrón, queso y salchichón.
Qué suerte tienen en la Alemania...
El puchero de mi madre se espuma y se arregla con su ciencia. Ella separa los avíos: la carnesita en un plato, la pringá y las papas, la zanahoria y el apio en otro. Deja el caldo humeante en la cazuela, blanco y puro como un niño de teta.
Con la ropa vieja a veces hace croquetas, la Wilson.
No se vio en la Alemania cosa igual; ellos ni se imaginan que con la ropa vieja se pueda engalanar una mesa de nochebuena.
Ya ves tú qué plan de casa, que diría el Quiñones...
Allá llegó mi madre a la Alemania, con tres maletas cargadas de España, pa dos hijas y un nieto que tiene.
Llevaba un chandita pal chico y el laurel... Turrón del duro y del blando y polvorones, de chocolate.
La España bien guardá en el transbordo de avión hasta Hamburgo.
Una postal sin sello, pa la Tania.
Y unos cuentos pal chico.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La lluvia... aquel telón vivo.
Lo vivido... la humedad.
Un cristal con palabras...
La lluvia.
Las horas.
¿Qué culpa ha de tener el deseo para apartarlo? 
¿Qué culpa la piel? 
¿Qué maldita vida es esta que quiere morir dentro de ella?
¿Qué impide a la voluntad no ser libre?
¿Cómo se llama tu miedo, compañerito?

sábado, 22 de noviembre de 2014

Dulcineos, ángeles de cartón piedra,
¿morir de amor no queréis?
Deshechos en el medio amniótico,
Minos en busca de su infierno,
poetas, versados de lo inefable.
Altares limpios, procrastinados,
¿morir de amor no pensáis?
Tejedores de Ariadna, niños perdidos,
soñadores de Heras, púlsares,
pliegues de la tierra, vosotros,
¿morir de amor no dejáis?