
Visitación sube resoplando, cargada con grandes bolsas. Apenas entra en el "coche", comienza a gritarle al chófer; que si por qué "ha tardao" tanto, que si la poca vergüenza...
El silencio se adueña de los demás pasajeros.
Yo observo cómo acomoda los bultos en el asiento tras el conductor mientras prosigue con improperios, sin apenas respirar.
Su peluca negra, cortita, un poco ladeada, sus cejas pobladas, la nariz abrochándole la cara y su porte menudo le confieren un aspecto cómico pero enérgico, altivo.
Antonio, el conductor haciendo acopio de paciencia y mucha sicología le dice que se calme, que siempre anda gritando, que él siempre la conoció gritando...
-"Vete a tomá por culo"-le contesta. -"Mi marío está sólo en la casa y a ver si se me va a caé
de la cama, puñeta"
-"Tu marío ya no se levanta más, ¿no?"- pregunta Antonio.
-¡Que va!, ...de la cama al sillón y del sillón a la cama. Peó que un niño chico, que tó se lo jase
ensima... Ar niño he dejao por allí, pero de jese no te pué fiá. ¡La mala uva que tiene...!
-¿Quién tu nieto?...
Mientras recorríamos la barriada del Carmen, Visitación fue relatando sus miserias, sus luchas con los nietos huérfanos, con su marido enfermo.
El rostro lleno de arrugas, las manos sarmentosas, el aire crispado, su enfado primero que se atenuaba... formaban en mis sentidos una huella que ya no podré borrar.
Y es que Visitación forma parte de las mujeres más valientes de la historia, es una heroína de lo cotidiano, un ser maravilloso e irrepetible. Alguién tan hermoso y generoso como completamente injusto para sí mismo.
Es la mujer de la posguerra, el corazón de la vida.
Me produce mucha tristeza pensar que tal vez no vivió demasiadas alegrías, que su vida la ha pasado "josifando", como ella decía.
Quizá alguién se escandalizara por sus palabras malsonantes, por sus ademanes bruscos, bárbaros... pero es una princesa.
Sólo hay que fijarse en la belleza de su entrega...