viernes, 3 de julio de 2026

ESPÍRITU

El lienzo, mi secreto sendero de oraciones. 

A veces el lienzo es un cordel muy fino, otras un hilo (por mi despiste), y apenas puedo tensarlo, pero sé que está ahí, deseando hacerse inmenso dentro de mí si lo nombro, si lo llamo.

Hoy es lo que sostiene mi existencia. Lo sé. Todo lo que los demás ven: mi cotidianidad, mi alegría, es el lienzo. Os juro que es maravilloso: es una naturaleza inmensa, el universo, es todo. Es el Espíritu. Sin Él estaría muerta. Por eso trato de estar en Él para que Él esté en mí. Tan solo me dejo llevar; cuando esta extraña vida aprieta sus tenazas, oro y está. No falla. Sobre Él están escritas las letras que son la Luz del mundo. 

Desde allí veo lo pequeño e irrisorio que es el ego, ante la eternidad del lienzo, del todo. 

Lo siguiente más seguro que he sentido en esta vida, fueron los brazos de mi madre.

En esta noche, lo he llamado y ha venido. En esta noche, una menos para volver a casa y una más de encuentro, mientras viajo con mis pesadas maletas.

jueves, 25 de junio de 2026

"SOLITUDINE"


En mi soledad me creo y en mi soledad me encuentro, en silencio, a mis cincuenta y cuatro años; en ella crezco porque no hay otra tierra para las semillas de mis pensamientos: no hay otros corazones, ni otras mentes, sino, alguna vez (bendito regalo), en la herencia sagrada de un papel en blanco, que se deja convencer, que se deja arar. Allá dibujo, agradecida, jugando, el ajedrez inventado adonde construyo literatura de vez en cuando, como quien persigue los arañazos del sol sobre el suelo bajo la sombra de un árbol en verano. Casi desesperada. Lo hago cuando estoy lista, después de acicalarme entre los rosales de mis suspiros, entre cortinas de perlas y los surcos creados por mis uñas en las palmas de mis manos.

Ella, la soledad, me espera siempre. Siempre está, como una doncella que sostiene un espejo; me obliga a mirarme, a arrojar al fondo de aquel pulido estanque mágico todo cuanto llevo y a quedarme desnuda después. Entonces me habla: "Yo soy", me dice. Y me obliga a amar el reflejo, sin caricias, de mi existencia. Entonces me hago un atillo, me encorvo, me encojo, para concentrar las fuerzas de mi espíritu en un sólo átomo, lo acuno, lo macero, lo moldeo..., a veces tardo días..., hasta que la mínima energía está vestida y peinada y lista para afrontar a imbéciles de nuevo. También lista para cosas bonitas, casi siempre inventadas por mi alma cargada de experiencias vividas.

"Solitudine me llamo", me dice, al fin, el reflejo nítido del espejo.