martes, 11 de mayo de 2010

SOLES NOCTURNOS


Ciñéndola sobre la cara

con la misma forma tétrica

con la misma sorpresa.

Como descubrir al asesino

en una pelicula de terror.


Descubro, o redescubro
ese lugar en que estoy.

Y sé que allí estuve y seguiré

por los siglos de los siglos

sin que tú comprendas.

Invisibles mis latidos y ciegos tus ojos

No. Un por qué, un silencio. Sí.

Así... deja a la mentira...

ya no necesita tus cuidados.

Ella ya sabe cuidarse sola.

martes, 4 de mayo de 2010

SAGRARIO



De sus manos colgaba la piel

en sus pies arrastraba la tierra,

en la sien, prendidas,

pesaban noches de luna nueva.


Ojos no tenía, ni lengua,

ni carne en sus mejillas...

Acíbar vistió su alma,

estrangulaba las tripas.


Xerófita viene pisando

las piedras que no le pinchan,

andar de cristales finos...

¡Suspiros van adornando

la orilla de los caminos!


Dulce sueño que acunó

negra bestia acabaría,

por despertar la mañana

a horas en gris dormidas...


De sus manos colgaba la piel

en sus pies arrastraba la tierra,

y en la sien, prendidas

alondras que no despiertan.

sábado, 1 de mayo de 2010

TARDE


Divaga, entre piares y llantitos
cumbrados de azucenas,
estos verdes olores que tildan primaveras.

El favonio, derramando mares bramantes, que allá lejos taconean,
sirven de miel a la garganta...
y mecen a su recuerdo las rosas olvidadas.

sábado, 17 de abril de 2010

GUEGUERÍAS

Debo reconocer que después de la visita de la poeta Carmen Camacho a nuestro taller de letras el pasado miércoles, algo ha cambiado en mi concepto del mundo. La poesía viene a darme el encuentro para ver si soy capaz de tender mi mano y acariciar sus posibilidades. Lejos de los poemas "artefacto" como ella denomina a los que nacen después de un planteamiento, descubrí que existen otras formas de mirar y observar lo que me rodea. Carmen, me señaló qué hebra es la que desenmaraña la madeja. Y ahí estoy, intentando encontrar "el regalo" que tengo delante todos los días...
Así que, con su permiso. Mi primera vez. Minimás.------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------






*Cambio zapatillas de tres días por tacones con veinte noches.




*Las toses de madrugada son terremotos de uno y medio.




*Niño pequeño llorando, dolor de barriga.


Niño grande que llora, dolor de cabeza.




*Al ascensor yo le llamo de "usted".




*Los volantes de mi falda jugando con el viento.




*Las escaleras mecánicas sirven para esperar el transbordo al cielo.




*Las casas de "Cai" no se caen porque se soportan unas a otras.




*¿Firmamos la pipa de la paz?




*"¡YA ESTÁ AQUÍ EL BARATURA PA LAS CRIATURAS!" (Vocifera el vendedor de frutas


ambulante por mi barrio).




*"Los hijos son pa una",-dijo la reina de su casa.




*Estrellas de agosto: copos de nieve quietos en el cielo.




*Por las mañanas desayuno café con intenciones.








*El embrión de un anfibio. Como mis ganas.




*Desnuda me visten los lunares.




*TERNURA:

"Derramar en lugar frío y seco".




*Estropajos. Asesinos. Redomados.




*Corazón camuflado: la esposa sin amante.




*...La línea recta de tus mentiras.

miércoles, 14 de abril de 2010

PASEO HASTA SOLAGITAS





A eso de las doce de la mañana Manuela intentaba convencer a Pilar de que debía ir a su excursión. Parapetaba sus argumentos tras una voz ronca y monótona. Se atusaba una y otra vez la falda, concentrando en algún momento sus ojos chicos sobre una arruga rebelde.




Dividía yo mi atención entre una y otra, apostando a que ganaba la obstinada Pilar, cuando se acercó Carmen de nuevo con su abanico de cupones.




-¡Vamó niña, compramé uno...!




Antes de que pudiera contestarle, Pilar estiró su mano menuda interviniendo el aleteo del abanico.




-¿Tiene er quinze?-preguntó.




-Po no. Er quinze no. Pero...-Carmen repasó concienzudamente sus cupones- ¡Mira!... er zetenta y zinco... Er zetenta y cinco tengo..., y der tré que zé que te gusta tengo el ochenta y tré...




Tras la operación de venta, Manuela reanudó su retahila de maravillas sobre Chipiona.




-Mira vamo aí a vé a la Vigen de Regla, y ar cementerio a vé a Rocío Jurado. Vendremo tempranito tita, vente joé... Le quito er tique a un muchacho y te lo doy pa tí, pero ná má que tengo uno... mira que lo ví dejá zin tique ar muchacho. ¡Pilá, puñeta!-Manuela no se daba por vencida.




-¿Pero que ví a jacé yo zola en la e´curzión? ¡que no, que no!...




-¡Y la joía, po no vía está yo contigo, que me pongo contigo a comé y tó...!




-¡Papá...!-Carmen estiró el cuello intentando atisbar al interior de la tasca. -¡Vamo pa fuera papá que ya´ta aquí lautobú!





La línea uno del urbano de Chiclana llegaba más o menos puntual a su parada de la "plaza", dejando sin distracción posible a la hilera de taxis aparcados enfrente.




Comenzaban a caer algunas gotas de lluvia, cuando Salvador reanudó el recorrido hacia el "Retortillo".




Carmen se había sentado junto a mí, en la parte de atrás, que ya llamamos "el gallinero" por ser el sitio idóneo para ir cocinando las conversaciones.




El padre de Carmen se quedó detrás del conductor, lejos de nosotras, pero cerquita de Manuela que ocupaba el primer asiento en la puerta de entrada.




Carmen me miró un instante poniendo los ojos en blanco mientras hacía un gesto de negación con la cabeza.




-Ya verá ahora...-me dijo.








Y no tardó mucho, la verdad. El anciano dispuso todas sus armas seductoras a los pies de Manuela.




-¡Ojú Manuela que guapíjima ´ta, hija!- soltó con dificultad. Su voz cascada denotaba gusto por ciertos placeres, aunque en aquel primer momento no supe predecir cuáles.




Manuela contraatacó sus galanterías con un riguroso recuerdo a su marido difunto...




-Mi marío era lo má güeno que za visto nunca. ¡Má güeno pá mí, porejito mío!-lamentaba.








En el gallinero la conversación se centró sobre el padre de Carmen, que se bebía hasta el agua de los floreros, según su hija. Y que, dicho por el mismo médico, si se le obligara a dejar la bebida, se moriría sin más...




-É lo que le mantiene vivo, créeme tú... -me decía.




Y reparé en los inmensos ojos azules de Carmen, en el rostro enjuto que los enmarcaba y en sus solitarios colmillos, que testimoniaban que los cupones no le daban para "lujos".




Me hablaba mientras observaba atentamente a su padre, y controlaba de manera precisa el despliegue galante del anciano.




Pilar, despertando de su concentrado cavilar chilló desde la parte de atrás del autobús...




-¡Jezúuuu!, ¿qué noj quiere tú a tú mujé ya Jezúuuu?




-¡Yo que vi´queré ni ví queré... que tá mu vieja ya joé!-espetó, girando con dificultad el cuello, intentando encontrar el rostro que le hablaba.




-¡Anda la mare que te parió, la mare que te parió!, con lo ca´bregao contigo mi madre y toavía zigue...-lamentó Carmen.








El autobús llegó a la parada de la Longuera, donde subió un matrimonio joven casi asfixiado por la carrera, y por el tabaco, claro. Portaban una enorme,... descomunal bolsa de plástico transparente llena de paquetes de "gusanitos", o lo que es lo mismo, el acostumbrado vicio de los que nos levantamos con el firme propósito de hacer la dieta y que sólo llegamos a las doce del mediodía...




La pareja se sentó cerca de nosotras, continuando casi instantáneamente la conversación suspendida por el ineludible y efímero trabajo de mirar de arriba a abajo a los nuevos viajeros.




Aún resoplando comenzaron a intercalar sus opiniones sobre el tema "padre de Carmen", intercalando sus recuerdos sobre las respectivas familias.




Ahí ya me retiro... aquí se conoce casi todo el mundo. Cuñados, primos y titos desfilaron por el gallinero, en su orden a veces, otras amontonados unos encima de otros, mientras el anciano seguía a lo suyo, y Manuela ofrecía un rosario de suspiros a cada piropo del viejo ligón.








En la calle "Jardines" tuvimos el honor de acoger en nuestra reunión vecinal a dos monjitas "Hermanitas de la Cruz", que tomaron asiento en el mejor lugar, a nuestro lado.




Como es costumbre en todas las congregaciones religiosas de clausura, tan sólo una es la encargada para hablar si se precisa, cuando salen a esas calles de dios a realizar su apostolado.




La encargada, santíficada por su velo negro, saludó alegre como una castañuela a la concurrencia. Mientras la otra, más joven y con velo blanco, se limitó a dirigirnos a todos y cada uno de nosotros, "gallineráceos" por casualidades de la vida, una mirada entrañable con los ojos más castaños, más grandes y más limpios que yo haya podido encontrar en mi vida.




Tal fue la impresión que me causó aquella mirada de inocencia, tan inusual como encontrarte con un perro verde, que por un minuto, tal vez dos, dudé seriamente sobre mi convencimiento de la no existencia de dios...




Un movimiento sísmico de vete a saber cuánto me sacudió de arriba a abajo con más efectividad que un purgante de los antigüos.




"A ver si va existir dios al final", me dije. "...porque esos ojos... ¿a dónde habrá que ir a por esos ojos?"




Menos mal que aquello duró poco. El misterioso efluvio de mi enamoramiento hizo "plop" cuando bajaron del autobús, dos paradas más arriba.




Pero antes, la monjita del velo negro participó en la conversación de Carmen la "instigadora", y con una gracia y un salero genuino sevillano le llamó "mala hija", a la pobre. Eso sin dejar su sonrisa en los refajos. Inquirió la necesidad absoluta de la oración por sus padres y por todos los enfermitos del mundo, y justo antes de bajar envueltas en un glamour maravilloso dedicó por último al anciano Jesús un "¡Ay, yayai!" que parecía una alegría de Cádiz, siendo ésta letra de soleá...








Todos callamos, otro suspiro de Manuela.




El muchacho de la bolsa con "gusanitos" fue quién rompió el silencio:




-¡Anda la moja...!-soltó.




Y mientras Manuela se bajaba del autobús, en la parada del "peligrozo", Carmen sentenció:




-Eza moja é jitana... y de zevilla ademá.








sábado, 10 de abril de 2010

"EL BUSTO DE ANTOÑITA"

De papá pedante y mamá amantísima, heredó Antoñita su busto. Lucía tieso y firme, inalterable aun después de tantos años.

Antoñita lo cuidaba con pasión y con entregada devoción, al igual que todos los demás tesoros que sus padres le dejaron.

Después de sus ojos como almendras, sus altos pómulos y las manos de señorita el busto era lo que más le agradaba.

No obstante, acompañaba con entrega absoluta al resto de testigos materiales de la próspera existencia de sus padres... el sofá de terciopelo, el soberbio aparador de madera de caoba, o el enorme sagrado corazón que dignamente ahogaba con su presencia la salita de estar.

Antoñita era la fabulosa comisaria de la regia exposición, la guardiana de la cueva de Ali babá, sin importarle jamás las arrugas de su cara ni el deseo de su sexo.

Y así, pasaba sus ratos frente al televisor con cara de perrito pequinés, sentadita en el viejo sillón de cuero con orejas.

Así observaba y admiraba el busto.

A Marita le tocó conocerlo un buen día de primavera, cuando comenzó a trabajar en casa de Antoñita, la cual obligaba a quitar el polvo con asiduidad y primor.

Marita lo miraba con espanto, y no comprendía qué pintaba aquel busto viejo y absurdo en la salita...

Un suspiro de resignación se le escapaba a la pobre inocente cada vez que entraba en la salita con su trapo seco en la mano.

El sagrado corazón le miraba con ojitos de miel, pero a ella se le antojaba pensar que aquella mano levantada no era otra cosa sino una advertencia de que debía obedecer a lo que le pedían; quitarle el polvo al busto. Y el busto de Antoñita miraba, desde su mesita, con aquel paño de encajes bajo la peana de mármol verde.

Altivo, imperturbable, con sus ojos de bronce vacíos, fijos en un horizonte que debía estar tras ella.

Le retó. "¡Hoy no te limpio el polvo... aunque me gane un improperio, que seguro!"

Volvía entonces a mirarle, pensando que quizás padeciera algún virus intestinal, o que estaría rezando un padre nuestro, y que aquel sería el motivo por el cual pudiera estar tan serio.

Pasó lo suyo intentando eludir el trabajo de tener que sacarle brillo al muerto. Porque sí, muerto estaba, que bien sabía Marita que se encontraba bajo tierra desde hacía bastante, que ella algo estudió vamos. Y que se le había respetado mucho, su suegro sin ir más lejos, respetaba tanto al muerto que cuando ocasionalmente hablaba de él, miraba de reojo a derecha e izquierda, y tras percatarse de que nadie le escuchaba bajaba la voz hasta convertirla en un susurro lineal.

Pasaban días,...días todos iguales en casa de Antoñita. Hasta que uno de ellos dejó de ser idéntico a los demás. Marita decidió revelarse contra aquel busto que tanto repelús le daba. Sabía que su decisión traería consigo perder el trabajo, pero...

Aprovechando un oportuno descuido entró en la salita. Al principio los ojos melosos del sagrado corazón le hicieron dudar, aunque al fin determinó que lo tiraría por la ventana, en aquel mismo instante.

Temblorosa se acercó al muerto y cogiendolo por el cuello, que era por dónde mejor se agarraba, se acercó a la ventana.

Era temprano, no por ello, dejaba de pasar gente por la acera.

"Venga a la de tres", pensó. Pero de repente, se dió cuenta...

"¿Y si el muerto mataba a alguién?"





Antoñita se llevó mucho tiempo intentando rescatar a su recuerdo del fondo del río, pero el ayuntamiento no le permitía hacerlo.

¡Después de que aquella descerebrada de Marita le confesara lo que había hecho!... Su vida se había convertido en una terrible pesadilla sin su busto querido, sin su precioso recuerdo. Nada podía hacer al parecer, para rescatarlo de aquella indigna y oscura fosa a la que lo arrojaron.



Dedicado a las personas justas que injustamente la justicia juzga.

sábado, 13 de marzo de 2010

"EL RAYO DE LUNA"



Os presento la segunda parte del relato.






Hoy salió impulsada por una estela de voluntades, desechando la aspereza de mis consejos. Determinó no escuchar mis amargos discursos que le recordaban que nunca había sido feliz. Durante breves instantes creí haberla convencido; le decía que era inútil, que jamás sería cierto, perseguía un rayo de luna... ¡un rayo de luna...!.

La luz de este soleado abril le ha embriagado. Determinó ir a tu encuentro. El fresco aroma de la mañana se enredará en sus cabellos, y será para tí el recuerdo oloroso que acompañe sus palabras, quedará en tu memoria.
Sólo espero que no te acuerdes de ella cuando la hayas gozado, que olvides la tersura de sus muslos y la dulce miel que los baña.
Ahora me siento obligado a acompañarla, siempre lo hice. Debo estar con ella, cuidarla. Al igual que ella me dió un lugar en su regazo y un collar hecho con sus lágrimas.
No debo fallarle.
Siento que la encuentres vestida de amores, hermosa al igual que las flores, rivalizando con ellas. Sin duda no me ayudará demasiado el color rúbeo de sus cabellos ni el movimiento acelerado de su pecho cuando llegue frente a tí.
Desearía que no pudieras oler su aliento, que jamás te deleitases con el agua de su boca...
Son las doce, por las calles de la ciudad fluye la vida llena de colores, repleta de fragancias. Hasta me parece que las palomas, antes sencillas y pobres, se hayan convertido de repente en exóticas aves capaces de alzar su vuelo hacia el lugar más alto del cielo...

¡Las mariposas lucen nuevas alas!... ¡nuevas alas!.
Esta frase golpeaba mi mente cuando desperté hoy. Supongo que la trajo sin querer algún sueño ufano, le daba vueltas mientras me vestía... hasta que reparé en la imagen de mi espejo. Observé mi rostro ojeroso y la sed de mi piel; entonces encontré un sentido para la frase de mis sueños.
Un arrebato de ira arrancó el grito que esperaba en mi garganta, y desafiando a todos los miedos que atenazaban mi alma, encontré de nuevo mi mirada en el espejo. Decidí aceptar el reto de enfrentarme a la enfermedad, a abandonar la caverna oscura que me impedía contemplar toda tu belleza. ¡Amor, ansiado amor!
¿Es posible que pueda lograr alcanzar un segundo la atención de tu mirada?, ¿podría ser que perdiera la razón por un leve roce de tus dedos?, ¿es eso posible?
Sé que es irracional, que tú podrías ignorar mi fe. Pero aún así, quiero ofrecértela como las gotas de lluvia se ofrecen a la tierra, aunque ésta no las necesite.



Aún quedan niños jugando, una leve brisa estival envuelve sus risas. Al cerrar mis ojos consigo sentirlos plenamente. El sol reconforta mi piel, y siento cómo una emoción serena invade despacio mi cuerpo y mi alma. Llevo demasiado tiempo esperándote y todavía no llegas.
Comienzo a creer de nuevo en fantasmas, quizás equivocara el significado de tus miradas, quizás tan sólo sea que hayas olvidado nuestra cita...
Necesito tan sólo un momento para comprenderlo... ¿Debo creer que no tendré nunca el regalo de tus caricias?. Querido amor ¿ya no me recuerdas?
Las nubes caminan descalzas por un cielo que no las retiene, mientras los rayos de sol les pinta ribetes de oro el viento las rompe, las moldea, y continuan su viaje para fundirse en el horizonte... allá lejos, dónde las pierdo de vista.




¡Hace tanto...!
Nuevos seres acompañaron mi existencia, pero ya ninguno logró quedarse. Más de cien veces compartí mi piel como envoltura de nada... Hasta que llegó el fatal día en que nadie quiso acariciarla. Ajada y seca, ya no era el grato terciopelo de mi juventud.

A veces, en mis pesadillas, aún podía escucharle. Sus gritos eran desgarradores. Su dolor estrangulaba mi alma, parecía quemarse en una hoguera eterna...
Hasta que hoy dejé de sentirle, debió de morir esta mañana, temprano. Me disponía a tomar el desayuno cuando un intenso dolor atravesó mi pecho. La empuñadura del bastón resbaló de mi mano, y me hallé en el suelo. Durante un tiempo que soy incapaz de precisar, permanecí inmóvil, herida, conmocionada.
Silencio entonces. Lloré amargamente su ausencia. Lamenté su marcha. Comprendí que nada ataba ya mi alma a este mundo, ni siquiera tú mi niña querida...



Me encontrarán bajo el acantantilado, con rizos de espuma blanca vistiendo la flácida imprenta de mi cuerpo, dejad que las olas del mar guíen entonces mi nuevo destino.