sábado, 17 de abril de 2010

GUEGUERÍAS

Debo reconocer que después de la visita de la poeta Carmen Camacho a nuestro taller de letras el pasado miércoles, algo ha cambiado en mi concepto del mundo. La poesía viene a darme el encuentro para ver si soy capaz de tender mi mano y acariciar sus posibilidades. Lejos de los poemas "artefacto" como ella denomina a los que nacen después de un planteamiento, descubrí que existen otras formas de mirar y observar lo que me rodea. Carmen, me señaló qué hebra es la que desenmaraña la madeja. Y ahí estoy, intentando encontrar "el regalo" que tengo delante todos los días...
Así que, con su permiso. Mi primera vez. Minimás.------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------






*Cambio zapatillas de tres días por tacones con veinte noches.




*Las toses de madrugada son terremotos de uno y medio.




*Niño pequeño llorando, dolor de barriga.


Niño grande que llora, dolor de cabeza.




*Al ascensor yo le llamo de "usted".




*Los volantes de mi falda jugando con el viento.




*Las escaleras mecánicas sirven para esperar el transbordo al cielo.




*Las casas de "Cai" no se caen porque se soportan unas a otras.




*¿Firmamos la pipa de la paz?




*"¡YA ESTÁ AQUÍ EL BARATURA PA LAS CRIATURAS!" (Vocifera el vendedor de frutas


ambulante por mi barrio).




*"Los hijos son pa una",-dijo la reina de su casa.




*Estrellas de agosto: copos de nieve quietos en el cielo.




*Por las mañanas desayuno café con intenciones.








*El embrión de un anfibio. Como mis ganas.




*Desnuda me visten los lunares.




*TERNURA:

"Derramar en lugar frío y seco".




*Estropajos. Asesinos. Redomados.




*Corazón camuflado: la esposa sin amante.




*...La línea recta de tus mentiras.

miércoles, 14 de abril de 2010

PASEO HASTA SOLAGITAS





A eso de las doce de la mañana Manuela intentaba convencer a Pilar de que debía ir a su excursión. Parapetaba sus argumentos tras una voz ronca y monótona. Se atusaba una y otra vez la falda, concentrando en algún momento sus ojos chicos sobre una arruga rebelde.




Dividía yo mi atención entre una y otra, apostando a que ganaba la obstinada Pilar, cuando se acercó Carmen de nuevo con su abanico de cupones.




-¡Vamó niña, compramé uno...!




Antes de que pudiera contestarle, Pilar estiró su mano menuda interviniendo el aleteo del abanico.




-¿Tiene er quinze?-preguntó.




-Po no. Er quinze no. Pero...-Carmen repasó concienzudamente sus cupones- ¡Mira!... er zetenta y zinco... Er zetenta y cinco tengo..., y der tré que zé que te gusta tengo el ochenta y tré...




Tras la operación de venta, Manuela reanudó su retahila de maravillas sobre Chipiona.




-Mira vamo aí a vé a la Vigen de Regla, y ar cementerio a vé a Rocío Jurado. Vendremo tempranito tita, vente joé... Le quito er tique a un muchacho y te lo doy pa tí, pero ná má que tengo uno... mira que lo ví dejá zin tique ar muchacho. ¡Pilá, puñeta!-Manuela no se daba por vencida.




-¿Pero que ví a jacé yo zola en la e´curzión? ¡que no, que no!...




-¡Y la joía, po no vía está yo contigo, que me pongo contigo a comé y tó...!




-¡Papá...!-Carmen estiró el cuello intentando atisbar al interior de la tasca. -¡Vamo pa fuera papá que ya´ta aquí lautobú!





La línea uno del urbano de Chiclana llegaba más o menos puntual a su parada de la "plaza", dejando sin distracción posible a la hilera de taxis aparcados enfrente.




Comenzaban a caer algunas gotas de lluvia, cuando Salvador reanudó el recorrido hacia el "Retortillo".




Carmen se había sentado junto a mí, en la parte de atrás, que ya llamamos "el gallinero" por ser el sitio idóneo para ir cocinando las conversaciones.




El padre de Carmen se quedó detrás del conductor, lejos de nosotras, pero cerquita de Manuela que ocupaba el primer asiento en la puerta de entrada.




Carmen me miró un instante poniendo los ojos en blanco mientras hacía un gesto de negación con la cabeza.




-Ya verá ahora...-me dijo.








Y no tardó mucho, la verdad. El anciano dispuso todas sus armas seductoras a los pies de Manuela.




-¡Ojú Manuela que guapíjima ´ta, hija!- soltó con dificultad. Su voz cascada denotaba gusto por ciertos placeres, aunque en aquel primer momento no supe predecir cuáles.




Manuela contraatacó sus galanterías con un riguroso recuerdo a su marido difunto...




-Mi marío era lo má güeno que za visto nunca. ¡Má güeno pá mí, porejito mío!-lamentaba.








En el gallinero la conversación se centró sobre el padre de Carmen, que se bebía hasta el agua de los floreros, según su hija. Y que, dicho por el mismo médico, si se le obligara a dejar la bebida, se moriría sin más...




-É lo que le mantiene vivo, créeme tú... -me decía.




Y reparé en los inmensos ojos azules de Carmen, en el rostro enjuto que los enmarcaba y en sus solitarios colmillos, que testimoniaban que los cupones no le daban para "lujos".




Me hablaba mientras observaba atentamente a su padre, y controlaba de manera precisa el despliegue galante del anciano.




Pilar, despertando de su concentrado cavilar chilló desde la parte de atrás del autobús...




-¡Jezúuuu!, ¿qué noj quiere tú a tú mujé ya Jezúuuu?




-¡Yo que vi´queré ni ví queré... que tá mu vieja ya joé!-espetó, girando con dificultad el cuello, intentando encontrar el rostro que le hablaba.




-¡Anda la mare que te parió, la mare que te parió!, con lo ca´bregao contigo mi madre y toavía zigue...-lamentó Carmen.








El autobús llegó a la parada de la Longuera, donde subió un matrimonio joven casi asfixiado por la carrera, y por el tabaco, claro. Portaban una enorme,... descomunal bolsa de plástico transparente llena de paquetes de "gusanitos", o lo que es lo mismo, el acostumbrado vicio de los que nos levantamos con el firme propósito de hacer la dieta y que sólo llegamos a las doce del mediodía...




La pareja se sentó cerca de nosotras, continuando casi instantáneamente la conversación suspendida por el ineludible y efímero trabajo de mirar de arriba a abajo a los nuevos viajeros.




Aún resoplando comenzaron a intercalar sus opiniones sobre el tema "padre de Carmen", intercalando sus recuerdos sobre las respectivas familias.




Ahí ya me retiro... aquí se conoce casi todo el mundo. Cuñados, primos y titos desfilaron por el gallinero, en su orden a veces, otras amontonados unos encima de otros, mientras el anciano seguía a lo suyo, y Manuela ofrecía un rosario de suspiros a cada piropo del viejo ligón.








En la calle "Jardines" tuvimos el honor de acoger en nuestra reunión vecinal a dos monjitas "Hermanitas de la Cruz", que tomaron asiento en el mejor lugar, a nuestro lado.




Como es costumbre en todas las congregaciones religiosas de clausura, tan sólo una es la encargada para hablar si se precisa, cuando salen a esas calles de dios a realizar su apostolado.




La encargada, santíficada por su velo negro, saludó alegre como una castañuela a la concurrencia. Mientras la otra, más joven y con velo blanco, se limitó a dirigirnos a todos y cada uno de nosotros, "gallineráceos" por casualidades de la vida, una mirada entrañable con los ojos más castaños, más grandes y más limpios que yo haya podido encontrar en mi vida.




Tal fue la impresión que me causó aquella mirada de inocencia, tan inusual como encontrarte con un perro verde, que por un minuto, tal vez dos, dudé seriamente sobre mi convencimiento de la no existencia de dios...




Un movimiento sísmico de vete a saber cuánto me sacudió de arriba a abajo con más efectividad que un purgante de los antigüos.




"A ver si va existir dios al final", me dije. "...porque esos ojos... ¿a dónde habrá que ir a por esos ojos?"




Menos mal que aquello duró poco. El misterioso efluvio de mi enamoramiento hizo "plop" cuando bajaron del autobús, dos paradas más arriba.




Pero antes, la monjita del velo negro participó en la conversación de Carmen la "instigadora", y con una gracia y un salero genuino sevillano le llamó "mala hija", a la pobre. Eso sin dejar su sonrisa en los refajos. Inquirió la necesidad absoluta de la oración por sus padres y por todos los enfermitos del mundo, y justo antes de bajar envueltas en un glamour maravilloso dedicó por último al anciano Jesús un "¡Ay, yayai!" que parecía una alegría de Cádiz, siendo ésta letra de soleá...








Todos callamos, otro suspiro de Manuela.




El muchacho de la bolsa con "gusanitos" fue quién rompió el silencio:




-¡Anda la moja...!-soltó.




Y mientras Manuela se bajaba del autobús, en la parada del "peligrozo", Carmen sentenció:




-Eza moja é jitana... y de zevilla ademá.








sábado, 10 de abril de 2010

"EL BUSTO DE ANTOÑITA"

De papá pedante y mamá amantísima, heredó Antoñita su busto. Lucía tieso y firme, inalterable aun después de tantos años.

Antoñita lo cuidaba con pasión y con entregada devoción, al igual que todos los demás tesoros que sus padres le dejaron.

Después de sus ojos como almendras, sus altos pómulos y las manos de señorita el busto era lo que más le agradaba.

No obstante, acompañaba con entrega absoluta al resto de testigos materiales de la próspera existencia de sus padres... el sofá de terciopelo, el soberbio aparador de madera de caoba, o el enorme sagrado corazón que dignamente ahogaba con su presencia la salita de estar.

Antoñita era la fabulosa comisaria de la regia exposición, la guardiana de la cueva de Ali babá, sin importarle jamás las arrugas de su cara ni el deseo de su sexo.

Y así, pasaba sus ratos frente al televisor con cara de perrito pequinés, sentadita en el viejo sillón de cuero con orejas.

Así observaba y admiraba el busto.

A Marita le tocó conocerlo un buen día de primavera, cuando comenzó a trabajar en casa de Antoñita, la cual obligaba a quitar el polvo con asiduidad y primor.

Marita lo miraba con espanto, y no comprendía qué pintaba aquel busto viejo y absurdo en la salita...

Un suspiro de resignación se le escapaba a la pobre inocente cada vez que entraba en la salita con su trapo seco en la mano.

El sagrado corazón le miraba con ojitos de miel, pero a ella se le antojaba pensar que aquella mano levantada no era otra cosa sino una advertencia de que debía obedecer a lo que le pedían; quitarle el polvo al busto. Y el busto de Antoñita miraba, desde su mesita, con aquel paño de encajes bajo la peana de mármol verde.

Altivo, imperturbable, con sus ojos de bronce vacíos, fijos en un horizonte que debía estar tras ella.

Le retó. "¡Hoy no te limpio el polvo... aunque me gane un improperio, que seguro!"

Volvía entonces a mirarle, pensando que quizás padeciera algún virus intestinal, o que estaría rezando un padre nuestro, y que aquel sería el motivo por el cual pudiera estar tan serio.

Pasó lo suyo intentando eludir el trabajo de tener que sacarle brillo al muerto. Porque sí, muerto estaba, que bien sabía Marita que se encontraba bajo tierra desde hacía bastante, que ella algo estudió vamos. Y que se le había respetado mucho, su suegro sin ir más lejos, respetaba tanto al muerto que cuando ocasionalmente hablaba de él, miraba de reojo a derecha e izquierda, y tras percatarse de que nadie le escuchaba bajaba la voz hasta convertirla en un susurro lineal.

Pasaban días,...días todos iguales en casa de Antoñita. Hasta que uno de ellos dejó de ser idéntico a los demás. Marita decidió revelarse contra aquel busto que tanto repelús le daba. Sabía que su decisión traería consigo perder el trabajo, pero...

Aprovechando un oportuno descuido entró en la salita. Al principio los ojos melosos del sagrado corazón le hicieron dudar, aunque al fin determinó que lo tiraría por la ventana, en aquel mismo instante.

Temblorosa se acercó al muerto y cogiendolo por el cuello, que era por dónde mejor se agarraba, se acercó a la ventana.

Era temprano, no por ello, dejaba de pasar gente por la acera.

"Venga a la de tres", pensó. Pero de repente, se dió cuenta...

"¿Y si el muerto mataba a alguién?"





Antoñita se llevó mucho tiempo intentando rescatar a su recuerdo del fondo del río, pero el ayuntamiento no le permitía hacerlo.

¡Después de que aquella descerebrada de Marita le confesara lo que había hecho!... Su vida se había convertido en una terrible pesadilla sin su busto querido, sin su precioso recuerdo. Nada podía hacer al parecer, para rescatarlo de aquella indigna y oscura fosa a la que lo arrojaron.



Dedicado a las personas justas que injustamente la justicia juzga.

sábado, 13 de marzo de 2010

"EL RAYO DE LUNA"



Os presento la segunda parte del relato.






Hoy salió impulsada por una estela de voluntades, desechando la aspereza de mis consejos. Determinó no escuchar mis amargos discursos que le recordaban que nunca había sido feliz. Durante breves instantes creí haberla convencido; le decía que era inútil, que jamás sería cierto, perseguía un rayo de luna... ¡un rayo de luna...!.

La luz de este soleado abril le ha embriagado. Determinó ir a tu encuentro. El fresco aroma de la mañana se enredará en sus cabellos, y será para tí el recuerdo oloroso que acompañe sus palabras, quedará en tu memoria.
Sólo espero que no te acuerdes de ella cuando la hayas gozado, que olvides la tersura de sus muslos y la dulce miel que los baña.
Ahora me siento obligado a acompañarla, siempre lo hice. Debo estar con ella, cuidarla. Al igual que ella me dió un lugar en su regazo y un collar hecho con sus lágrimas.
No debo fallarle.
Siento que la encuentres vestida de amores, hermosa al igual que las flores, rivalizando con ellas. Sin duda no me ayudará demasiado el color rúbeo de sus cabellos ni el movimiento acelerado de su pecho cuando llegue frente a tí.
Desearía que no pudieras oler su aliento, que jamás te deleitases con el agua de su boca...
Son las doce, por las calles de la ciudad fluye la vida llena de colores, repleta de fragancias. Hasta me parece que las palomas, antes sencillas y pobres, se hayan convertido de repente en exóticas aves capaces de alzar su vuelo hacia el lugar más alto del cielo...

¡Las mariposas lucen nuevas alas!... ¡nuevas alas!.
Esta frase golpeaba mi mente cuando desperté hoy. Supongo que la trajo sin querer algún sueño ufano, le daba vueltas mientras me vestía... hasta que reparé en la imagen de mi espejo. Observé mi rostro ojeroso y la sed de mi piel; entonces encontré un sentido para la frase de mis sueños.
Un arrebato de ira arrancó el grito que esperaba en mi garganta, y desafiando a todos los miedos que atenazaban mi alma, encontré de nuevo mi mirada en el espejo. Decidí aceptar el reto de enfrentarme a la enfermedad, a abandonar la caverna oscura que me impedía contemplar toda tu belleza. ¡Amor, ansiado amor!
¿Es posible que pueda lograr alcanzar un segundo la atención de tu mirada?, ¿podría ser que perdiera la razón por un leve roce de tus dedos?, ¿es eso posible?
Sé que es irracional, que tú podrías ignorar mi fe. Pero aún así, quiero ofrecértela como las gotas de lluvia se ofrecen a la tierra, aunque ésta no las necesite.



Aún quedan niños jugando, una leve brisa estival envuelve sus risas. Al cerrar mis ojos consigo sentirlos plenamente. El sol reconforta mi piel, y siento cómo una emoción serena invade despacio mi cuerpo y mi alma. Llevo demasiado tiempo esperándote y todavía no llegas.
Comienzo a creer de nuevo en fantasmas, quizás equivocara el significado de tus miradas, quizás tan sólo sea que hayas olvidado nuestra cita...
Necesito tan sólo un momento para comprenderlo... ¿Debo creer que no tendré nunca el regalo de tus caricias?. Querido amor ¿ya no me recuerdas?
Las nubes caminan descalzas por un cielo que no las retiene, mientras los rayos de sol les pinta ribetes de oro el viento las rompe, las moldea, y continuan su viaje para fundirse en el horizonte... allá lejos, dónde las pierdo de vista.




¡Hace tanto...!
Nuevos seres acompañaron mi existencia, pero ya ninguno logró quedarse. Más de cien veces compartí mi piel como envoltura de nada... Hasta que llegó el fatal día en que nadie quiso acariciarla. Ajada y seca, ya no era el grato terciopelo de mi juventud.

A veces, en mis pesadillas, aún podía escucharle. Sus gritos eran desgarradores. Su dolor estrangulaba mi alma, parecía quemarse en una hoguera eterna...
Hasta que hoy dejé de sentirle, debió de morir esta mañana, temprano. Me disponía a tomar el desayuno cuando un intenso dolor atravesó mi pecho. La empuñadura del bastón resbaló de mi mano, y me hallé en el suelo. Durante un tiempo que soy incapaz de precisar, permanecí inmóvil, herida, conmocionada.
Silencio entonces. Lloré amargamente su ausencia. Lamenté su marcha. Comprendí que nada ataba ya mi alma a este mundo, ni siquiera tú mi niña querida...



Me encontrarán bajo el acantantilado, con rizos de espuma blanca vistiendo la flácida imprenta de mi cuerpo, dejad que las olas del mar guíen entonces mi nuevo destino.

viernes, 19 de febrero de 2010

Quisiera compartir con vosotros un relato que escribí hace algún tiempo.Os lo presentaré en dos o tres entradas. Espero que os agrade, es algo muy especial. Un abrazo.

"EL RAYO DE LUNA"






Cuando el silencio toca su nota sostenida, y la oscuridad de la habitación invita a confundir la realidad… apareces tú en mis pensamientos.
Es entonces cuando regalo a la noche el suspiro que nace en mi vientre, para matarlo a continuación con el sollozo que nace en mi alma… mientras la noche calla.

Aún no has venido. Todavía no conoces el sabor dulce que guarda, el murmullo de sus palabras, y la música de sus placeres. Ella no es capaz de enfrentar su secreto, y yo espero, dónde la sangre fluye, envejeciendo cada día. Mira que está herida de muerte, aunque sobrevive alimentándose de ti. Respiramos, cada vez que respiras… aunque a veces oye mis gritos desgarrados, al otro lado de su piel.
Otras veces me acomodo en su pecho, y paso el tiempo ahogando sin piedad el músculo acompasado. En su cerebro recorro las neuronas bañándolas con mi ácido dolor, retorciendo sin piedad su voluntad y su alegría.
Está herida de muerte… pero le gusta salir los días de lluvia, y asomo por sus ojos para contemplar el cielo pintado con gris y la gente que camina deprisa por las aceras.
En esos días le dejo pasear… también ella necesita salir.
Cuando se cansa de la lluvia, y ya ha pintado su garabato en el cristal, vuelvo a acomodarme detrás de su piel, relajado y en silencio.
Es entonces cuando duermo en su garganta y compongo mi sinfonía de hieles, dejándola huérfana de palabras. De esta forma llegamos aquí, conservando el tesoro de luz que se apagaba, como los niños temen que alguna vez pudiera apagarse la magia de las hadas, semejante al que, perdiéndose en el desierto, encontró el agua que necesitaba.
Juntos hemos recorrido un largo camino, largos años de miradas vacías y pasos sin rumbo, mecidos por el viento como las hojas secas, con la esperanza de quién echa a volar una paloma mensajera en un día de tormenta…
Debes saber que en las noches de verano, ella me acunaba mirando las estrellas de agosto, y nos consolábamos acariciándonos dulcemente, sólo entonces era capaz de reconocerme.
Le parecía que las estrellas nos miraban, soñaba que eran copos de nieve suspendidos para nosotros en el cielo de verano, por la acción benevolente de algún mago ancestral.
Me cantaba susurrando e intentaba suavizar mis heridas, algunas tan profundas entonces, que apenas conseguía cubrirlas con el bálsamo de la esperanza.
Le decía que el dolor era insoportable, que me dejara morir… Ella me hacía callar, meciéndome maternal. Me hablaba de ti, ya entonces; me contaba que sería hermoso, que volvería a ser bello, puro, vistiendo de oro su vida y sus sueños, al igual que antaño cuando saltábamos felices por las calles de la ciudad… cuando no sabíamos aún qué era el dolor,… acíbar servido en un cáliz de inocencia.
Llegamos cansados, con un equipaje desgastado y los zapatos sucios por la tierra del camino, pero por suerte ella ha cuidado de mí todo este tiempo, y me guarda celosa de avatares y tormentas. Te buscó por muchos lugares, llevando en su alma el peso de mi rebeldía, arrastrando la carga penosa de mi existencia, negándose a vivir como un animal… como un animal.






No hace mucho escribí algo en mi diario : “Para amar de verdad sólo necesito amar de verdad, en un lugar diferente donde el dolor no llega, porque no existe.
Quizás me digas que eso no es amar de verdad, pero no lo creas…, es el amor de los rotos.”
Ahora he recordado algo de cuando era niña, aquella vez que curé de un malestar que me tuvo en cama algo más de una semana. Recuerdo la primera mañana que conseguí ponerme en pie. Mis piernas apenas podían sostenerme, y sentía en el pecho una presión que me angustiaba. Me encontraba demasiado débil, las fuerzas me habían abandonado, y me sentía incapaz de dar un paso; ni tan siquiera confiaba poder llegar al salón para sentarme allí.
Aquella sensación de debilidad me acompañó durante un par de días, estaba muy delgada y tampoco quería comer. Ahora también me siento así.
Te miro a los ojos y no puedo creer que estés mirándome. Imagino, o creo adivinar que tu mirada refleja algún afecto por mí. Intento que no se note el brillo en mis ojos, que no puedas presentir que la tormenta se aleja, y sé sin embargo que me equivoco.
¿Cómo es posible que pueda escuchar tu nombre cuando el viento agita las hojas de los árboles? ¿Cómo soy capaz de imaginar tus besos cuando las olas del mar rocían mi piel? ¿Por qué te encuentro entre mis dedos si acaricio mi sexo? ¿Por qué no consigo pronunciar el “te amo” que pudiera encerrarme entre tus brazos?
¿Dónde se encuentra el lugar en el que habré de encontrarme contigo…?
La noche cae, amigo, y comienzo a temer que sea sólo mía. Sobre mi piel juegan los recuerdos, las gotas de lluvia y los cordeles de esparto.
El silencio es una orquesta que no obedece a sincronías…¿lo escuchas?
La oscuridad es un haz de luz que ciega mis ojos… ¿lo ves?
¿Puedes sentirlo, querido rayo de luna…?

jueves, 18 de febrero de 2010

ELLA


Atisba la ignorancia sin bajar de su noria

senderos azules, plateadas las sombras.

Lilos de agua, velos de espuma

madres de tierra, miradas de luna.

Si alguna vez parase la noria

quizás una voz cantaría:

-¡POESÍA!...

viernes, 12 de febrero de 2010

LA EMPATÍA DEL FUNCIONARIO





Yo también estoy harta de trabajar.



Me levanto por las mañanas y empiezo a correr... y hasta que cierra la noche.



Pero no escupo palabras ni tengo agriada la expresión.



Y pudiera tenerla, pero no quiero tenerla.



Yo también estoy extresada,... hasta las narices estoy.



Tanto que si pudiera explotaría en cien mil pedazos.



Tal vez será porque no tengo que ocuparme de tantas cosas, ¿cierto?



Yo no olvidé mi sonrisa en ningún perchero, en ninguna taza de café.



Nunca olvido mi joyero de palabras amables, nunca, ¡jamás! mi "¡Buenos días!".



¡Acomodados autómatas!, que olvidáis que lo que tenéis delante no son sólo papeles...



Alguno de vosotros, afortunadamente imagino que no todos, os quedáis atrincherados tras las mesas, miráis al frente y ¿qué véis?.



¿Qué es lo que véis, para contestar crispados, con vuestras voces de lata?.



¿Acaso es que os molesta ayudar a una madre que lucha impotente ante una dejadez que no entiende?



¿A alguién que lucha desesperada por lo que ES justo?



¡Seres grises metidos en una burbuja...!



¿Querríais más dinero por un poco de empatía?



o quizás...¿sangre en las venas?.