Puede decirse que Mariquilla no estaba muy por la labor de dar consejos aquella mañana; era final de mes. El final de mes es como un limbo en el que la conciencia "viaja en el tiempo" a lugares maravillosos llamados comúnmente "del uno al cinco".
Normalmente Mariquilla tiraba de la suegra los fines de mes, iba al mercado a por su kilo de peras de agua, el pan de telera o lo que ella le pidiera. Le ponía su buen puchero con "to lo'avío" y ya de paso comían los niños, el marido y ella. Pero este mes nada; el último domingo de reunión familiar había habido follón en el chalecito de la cuñada. Nada grave en principio, una porfía como otra cualquiera, pero la suegra había sacado la pechera para defender a su niña y ahora andaba la cosa tirante...
Total, que estaba ya en la cola de la caja de ahorros para pedir un anticipo a ver si la santa benevolencia le daba el sí quiero...
Todo esto me lo contó Mariquilla después, cuando salimos las dos al día soleado, yo con cincuenta euros menos y ella con un "la madre que los parió" en el monedero. Ya me conocía yo al "malage" del cajero, un tío con ojeras violeta, cara de perro despertado a pedradas y polito de "lacoste".
Al principio no había visto a Mariquilla; llegué con un sofocón por las prisas y con un creciente dolor de lumbago, así que me senté en la primera silla que vi, al lado de una vieja gitana de mil colores con unos zarcillos de corales que quitaban las penitas del "sentío".
"Po ezo descanzá y zu poquito de caló zeco...", me dijo ella en respuesta a mi información gratuita: "Me voy a sentá que vengo fatá del lumbago...".
-Ya...-respondí- pero fíjese usté que con la hora que é y todavía no tengo ni planteao el almuerzo...
Una señora con aspecto de gallina clueca arribó a puerto echando el ancla al final de la cola.
La cola da para mucho, así que en un "arriquitaun" tuvo la deferencia de darme su consejo para remediar el dolor de lumbago: pañitos calentitos de la plancha... Eso, según ella era un remedio fenomenal. "Yo tengo mi bolsita de agua caliente..."- le respondí, a lo que la gitana mayor-de-los-corales apostilló: "¿una mantita elétrica no tiene muchacha?"
-Ojú, es que eso vale mu caro...-me quejé- Yo me quedo con la bolsita, mejor... en cuanto llegue me la pongo-dije, porque ya empezaba a temer que me pidieran el teléfono para llamar al día siguiente a ver cómo seguía...
Llegados a este punto ya tenía a tres doctores por delante y a dos sufridores nuevos por detrás de la señora clueca, pendientes, interesadísimos en no perder detalle de la conversación sobre mi lumbago.
Y allí al final, al final de la cola o al principio, según se mire, vegetaba Mariquilla justo detrás de una boina con un señor debajo. Tal estaba siendo el revuelo y el rosario de consejos sobre mi lumbago, que hasta aquellos lares llegó el tangai y ella, volviéndose hacia atrás y enmarcando un consejo entre sus labios pintados de rojo-mercadona, sentenció sin saber en principio a quién beneficiaba su sabiduría de descansillo:
-Ezo, ezo mejó darze con un zecadó der pelo...
sábado, 31 de diciembre de 2011
domingo, 27 de noviembre de 2011
miércoles, 23 de noviembre de 2011
ASAMBLEA BRUJERIL, NUEVE Y COMA TREINTA. (CHIRIGOTA CONTRERAS)
Tipo: el particular.
Destacaría, no obstante el guiño erótico de la Reme que superó con creces la bata de lanilla con brocado de la Loli y mi poncho rojo pasión: aquellas babuchas de fondo negro con el conejito del playboy en plateado. Así, los dos simétricos, los conejitos, juntitos.
La Piru fiel a su estilo chacina, embutida en unos leggins imposibles y revestida a su vez con un jersey apretaíto.
Angeles con su libro de actas y las mechas a punto de caramelo, era la más acorde a la situación; de presi, pero a la fuga..
La muñeca, en vaqueros y con cuarenta y ocho kilos (triunfo donde los allá con cincuenta tacos).
De secretaria-apuntadora y guardiana de la moral comunitaria, la "guapa", haciendo gala oportunamente de una original camiseta de "Chapa y pintura Manolito".
Llego. Mi poncho rojo pasión diluye su protagonismo de mercadillo pese a mi paseo-pasarela. Me defiendo de la broma: "presidenta tú" ¿yo? ¡nanais!.
Comienza el combate.
La "guapa" portadora de una bolsita de plástico (pagada convenientemente a dos céntimos) menea los quince papelitos del interior.
"Er quinze" "¡la niña bonita!", canta.
-¡Anda la Mariajo! Esa no'stá... y no va a queré. Pero le tocó...
Solucionando la "maldá" brujeril imperante y sin saber a qué se venía hace su aparición la pobre de la puerta dos, con un estilo "Fofito-forever" acompañada de manera incondicional por un aspirante a marío, monocromático y con muy mala leche.
Recapitulamos: en este punto la reunión vuelve a comenzar. Se guarda el papelito de la del quince... con artístico disimulo. Los conejitos de la Reme mueven las orejas de gusto.
"Estamos eligiendo la nueva presidenta... Pero que no tiene que hazé ná, to lo lleva la gestoría. Es más que ná pa comprá los producto de limpieza y llamá si ze estropea argo. Vamo, que no lleva er dinero ni ná de ná..."
Meneo de papelitos. "Er dó"
-¡Anda Pepi que ta tocao!,-vocifera la guapa.
"¿Pero ya e prezidenta?", refunfuña el monócromo.
"¡Qué se le va a hazeeee!". Fofito es un hilito de voz.
Se levanta la sesión que los niños esperan la cena.
Corrillo de casapuerta: "que si la del nueve, que si los rezibo que no ze pagan, que si la lú de la escalera..."
Me despido del respetable: "no sabéi ustede ná ni ná... ¡latín sabéi!" "...y cuatro idioma má si me apura. Mira la Mariajo... contenta que va. ¿Quién quiere sé presidenta-postisa? Eso de comprá lejia na má no tiene glamú ninguno"
-¡Buena'noshe artista...!, me dicen.
Destacaría, no obstante el guiño erótico de la Reme que superó con creces la bata de lanilla con brocado de la Loli y mi poncho rojo pasión: aquellas babuchas de fondo negro con el conejito del playboy en plateado. Así, los dos simétricos, los conejitos, juntitos.
La Piru fiel a su estilo chacina, embutida en unos leggins imposibles y revestida a su vez con un jersey apretaíto.
Angeles con su libro de actas y las mechas a punto de caramelo, era la más acorde a la situación; de presi, pero a la fuga..
La muñeca, en vaqueros y con cuarenta y ocho kilos (triunfo donde los allá con cincuenta tacos).
De secretaria-apuntadora y guardiana de la moral comunitaria, la "guapa", haciendo gala oportunamente de una original camiseta de "Chapa y pintura Manolito".
Llego. Mi poncho rojo pasión diluye su protagonismo de mercadillo pese a mi paseo-pasarela. Me defiendo de la broma: "presidenta tú" ¿yo? ¡nanais!.
Comienza el combate.
La "guapa" portadora de una bolsita de plástico (pagada convenientemente a dos céntimos) menea los quince papelitos del interior.
"Er quinze" "¡la niña bonita!", canta.
-¡Anda la Mariajo! Esa no'stá... y no va a queré. Pero le tocó...
Solucionando la "maldá" brujeril imperante y sin saber a qué se venía hace su aparición la pobre de la puerta dos, con un estilo "Fofito-forever" acompañada de manera incondicional por un aspirante a marío, monocromático y con muy mala leche.
Recapitulamos: en este punto la reunión vuelve a comenzar. Se guarda el papelito de la del quince... con artístico disimulo. Los conejitos de la Reme mueven las orejas de gusto.
"Estamos eligiendo la nueva presidenta... Pero que no tiene que hazé ná, to lo lleva la gestoría. Es más que ná pa comprá los producto de limpieza y llamá si ze estropea argo. Vamo, que no lleva er dinero ni ná de ná..."
Meneo de papelitos. "Er dó"
-¡Anda Pepi que ta tocao!,-vocifera la guapa.
"¿Pero ya e prezidenta?", refunfuña el monócromo.
"¡Qué se le va a hazeeee!". Fofito es un hilito de voz.
Se levanta la sesión que los niños esperan la cena.
Corrillo de casapuerta: "que si la del nueve, que si los rezibo que no ze pagan, que si la lú de la escalera..."
Me despido del respetable: "no sabéi ustede ná ni ná... ¡latín sabéi!" "...y cuatro idioma má si me apura. Mira la Mariajo... contenta que va. ¿Quién quiere sé presidenta-postisa? Eso de comprá lejia na má no tiene glamú ninguno"
-¡Buena'noshe artista...!, me dicen.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
domingo, 30 de octubre de 2011
La madrugada cómplice envuelve el suave velo de tus caricias, ¡aquellas mariposas...! ella abre el universo efímero donde caen en pétalos las canciones de mis placeres...
Como una niña adorno con ellas las horas extensas... mientras escribo en tus ojos deseos que siguen naciendo... amore... amore...
...amore...
La eterna vida se ahoga en un instante.
Un instante de mil años en el que vivirás sobre mi piel...
Como una niña adorno con ellas las horas extensas... mientras escribo en tus ojos deseos que siguen naciendo... amore... amore...
...amore...
La eterna vida se ahoga en un instante.
Un instante de mil años en el que vivirás sobre mi piel...
domingo, 16 de octubre de 2011
domingo, 11 de septiembre de 2011
DOÑA MERCEDES
Todos los días a eso de la una de la tarde tenía que entrar a la iglesia, menos los sábados y domingos, que yo me veía fuera del alcance de sus zarpas.
Todos los días Doña Mercedes me obligaba a acompañarla a "hablar con el señor". Alguna vez incluso a misa y allí me veía yo observada de reojillo por aquella octogenaria con una mala uva de narices y una altanería a prueba de bombas. ¡Pues menudo reojo tenía!
A las doce tenía yo que haber terminado todas las tareas domésticas porque a esa hora ella ya se estaba vistiendo para salir. Apenas me daba tiempo de ponerme los zapatos y adecentarme el pelo y ya estaba ella compuesta y tiesa con el bastón de empuñadura de plata en la mano, esperándome junto a la puerta del ascensor.
Primero visita (o revista) a todas las tiendas del barrio. Eso no me disgustaba, claro. Después a la carnicería o a la frutería o a la pescadería... y siempre para dejar bien claro que ella se merecía el mejor y más exquisito trato, que su marido había sido "caballero hospitalario" y no sé qué más cruces franquistas. Amén de tener dos hijos catedráticos, que por todos los sitios lo decía.
Aquel día llevábamos pescadilla.
Las puertas de la parroquia estaban abiertas de par en par ese día. "Qué raro", me dije.
-Doña Mercedes, a ver si es una boda... -le dije al verla tan dispuesta subiendo la escalinata.
Lo dije por decir porque por más que buscaba el coche de los novios, yo veía aquello muy tranquilo.
Cuando entramos a la iglesia casi me da un soponcio.
Allí, en el pasillo central, ante un señor muy serio vestido como una mesa camilla brillaba un ataúd.
A izquierda y derecha los familiares sentados en los inquisitoriales bancos, lloriqueando y lamentando. Y yo con la pescadilla.
No podía creérmelo.
"Mujer, reza hoy en tu casa... ¡menudo corte!", pensaba yo. Pero ¡qué va! Doña Mercedes del sagrado corazón ya estaba dispuesta en un banco con los ojos mirando al altar o a la mesa camilla ¡yo qué sé!
Y yo con la pescadilla. Me dio pena y la acomodé dignamente a mi vera, esperando que no se notara el olor a fresco...
Aquello se me hizo eterno. Yo miraba a la gente vestida para la ocasión, al muerto que seguro todo le daba igual y a la señora Doña Mercedes tan pancha.
Una carcajada me empezó a presionar en el pecho en un intento por no soltarla. Era surrealista. Hubo quién nos miró extrañado y eso hizo que me sintiera más incómoda.
"¡Que yo no conozco al señor este!, ¡que quiero irme de aquí!"
Y la pescadilla sobre el banco, que como empezara a destilar...
Después de unos minutos Doña Mercedes me miró con esa cara de estar contemplando un insecto y me dice: "Vete para casa y ve preparando el pescado"
Yo, envuelta en una compulsiva intención de agradarla siempre le dije: "No, no se preocupe... tendría que cruzar sola la calle"
Pero Doña Cátedra se quedó, estática, digna, seria y compungida ante la escena.
Y yo, más ligera que el viento me fui a la calle con la pescadilla dando saltitos de alegría sintiendo el sol en la cara.
Todos los días Doña Mercedes me obligaba a acompañarla a "hablar con el señor". Alguna vez incluso a misa y allí me veía yo observada de reojillo por aquella octogenaria con una mala uva de narices y una altanería a prueba de bombas. ¡Pues menudo reojo tenía!
A las doce tenía yo que haber terminado todas las tareas domésticas porque a esa hora ella ya se estaba vistiendo para salir. Apenas me daba tiempo de ponerme los zapatos y adecentarme el pelo y ya estaba ella compuesta y tiesa con el bastón de empuñadura de plata en la mano, esperándome junto a la puerta del ascensor.
Primero visita (o revista) a todas las tiendas del barrio. Eso no me disgustaba, claro. Después a la carnicería o a la frutería o a la pescadería... y siempre para dejar bien claro que ella se merecía el mejor y más exquisito trato, que su marido había sido "caballero hospitalario" y no sé qué más cruces franquistas. Amén de tener dos hijos catedráticos, que por todos los sitios lo decía.
Aquel día llevábamos pescadilla.
Las puertas de la parroquia estaban abiertas de par en par ese día. "Qué raro", me dije.
-Doña Mercedes, a ver si es una boda... -le dije al verla tan dispuesta subiendo la escalinata.
Lo dije por decir porque por más que buscaba el coche de los novios, yo veía aquello muy tranquilo.
Cuando entramos a la iglesia casi me da un soponcio.
Allí, en el pasillo central, ante un señor muy serio vestido como una mesa camilla brillaba un ataúd.
A izquierda y derecha los familiares sentados en los inquisitoriales bancos, lloriqueando y lamentando. Y yo con la pescadilla.
No podía creérmelo.
"Mujer, reza hoy en tu casa... ¡menudo corte!", pensaba yo. Pero ¡qué va! Doña Mercedes del sagrado corazón ya estaba dispuesta en un banco con los ojos mirando al altar o a la mesa camilla ¡yo qué sé!
Y yo con la pescadilla. Me dio pena y la acomodé dignamente a mi vera, esperando que no se notara el olor a fresco...
Aquello se me hizo eterno. Yo miraba a la gente vestida para la ocasión, al muerto que seguro todo le daba igual y a la señora Doña Mercedes tan pancha.
Una carcajada me empezó a presionar en el pecho en un intento por no soltarla. Era surrealista. Hubo quién nos miró extrañado y eso hizo que me sintiera más incómoda.
"¡Que yo no conozco al señor este!, ¡que quiero irme de aquí!"
Y la pescadilla sobre el banco, que como empezara a destilar...
Después de unos minutos Doña Mercedes me miró con esa cara de estar contemplando un insecto y me dice: "Vete para casa y ve preparando el pescado"
Yo, envuelta en una compulsiva intención de agradarla siempre le dije: "No, no se preocupe... tendría que cruzar sola la calle"
Pero Doña Cátedra se quedó, estática, digna, seria y compungida ante la escena.
Y yo, más ligera que el viento me fui a la calle con la pescadilla dando saltitos de alegría sintiendo el sol en la cara.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)