De las historias de poco andar vertidas en mi blog, quizás sea ésta la menos graciosa. Es triste; me devolvió a una escena de mi infancia cuya comprensión me llegó del todo en la adolescencia.
-Hay que ver... quitan profesores y ponen más niños en cada clase. Qué vergüenza...
-Pues sí, así están las cosas, Carmela, ya ves tú. ¡Y lo que nos queda!
-Digo, y estos a lo suyo, venga reducción y reducción. ¿Tú te puedes creer?
-Pues hay gente que, en su casa, no tiene de nada, Carmela. De nada, de nada, fíjate.
-¿Y eso de que "en mi casa estamos todos parados"...? Pero, ¿qué es lo que la gente quiere...? ¿qué tengan trabajo todos en la casa? ¡Anda, por Dios! ¿Eso cómo a va ser? ¿eso cómo va a ser... que una mujer tenga el trabajo de un hombre? ¡Vamos, que le quite el trabajo a un padre de familia! El trabajo de los hombres es de los hombres, ¿dónde se ha visto eso?
-¡Digo, digo, Carmela, así es!
-... ¡UNA MUJER QUITÁNDOLE EL TRABAJO A UN HOMBRE...!
miércoles, 23 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
EL PEZÓN VERGONZOSO O EL PROBLEMA CREADO DEL EROTISMO SUBYACENTE.
Deberían volver los corsés y los miriñaques. Los cinturones de castidad y las almenas con ojivales ventanales. Las bragas de cuello alto y las fajas de tres vueltas.
Así, la femineidad maravillosa, punzante, viva, delirante, gozosa, se iría a dormir a los dormitorios. Todo sería uniformado, cómodo, plano, monocromático, adecuado.
Necesariamente vergonzoso, libremente vergonzoso si la femineidad se mantuviese oculta.
Los pezones como gomas de borrar, como galletas de chocolate, como gominolas dulces serían celosamente guardados para las salas de lactancia.
La negación del cuerpo daría la razón a los sujetadores con convenientes aros y rellenos de espuma.
Que se vayan a la mierda los artificios.
Pechos de mujer. Juan José Salcedo Valderrama
viernes, 11 de mayo de 2012
AMORE
Rondan mi cuerpo desnudo
hiedras que se entrelazan
olas que nacen entre canciones
y mueren entre suspiros
Esencias derramadas...
en el pulso de tus sentidos...
hiedras que se entrelazan
olas que nacen entre canciones
y mueren entre suspiros
Esencias derramadas...
en el pulso de tus sentidos...
jueves, 26 de abril de 2012
LA MUJER ETERNA
Crucé
la carretera buscando la sombra, en la marquesina de enfrente podría esperar el
autobús también y al verlo llegar me daría tiempo de volver a cruzar; donde me
encontraba hacía demasiado calor.
Al
sentarme a la sombra, la vi en la acera opuesta, en el banquito al sol bajo la
marquesina, esperando la línea once, dirección a la estación de autobuses.
Tendría
al menos sesenta años.
Me vio
y cruzó para preguntar a qué hora pasaba el autobús en dirección contraria. Le
respondí sin ganas, con una falsa cortesía propia de un vendedor de seguros. No
tenía ganas de hablar, raro, sí; estaba cansada...
Un rato
estuvimos mirando la carretera por si veíamos el autobús y volver entonces corriendo a
la marquesina soleada.
Comenzamos
a hablar sobre flores... No sé cómo, pero nuestra conversación lució entre begonias, narcisos, azaleas, orquídeas... y
hermosos geranios. Me hablaba de la finca que vendió antes de enfermar su
marido, de los dos mil quinientos metros que tenía llenitos de árboles frutales
y flores.
Su
marido se había encargado del huerto, pero las flores se las dejaba a ella:
“mucho trabajo era”, recordaba.
-Si me
tocara ahora un dinerito, te aseguro que no compraría algo grande y no pondría
flores; las flores son mucho trabajo, cansan... Aunque antes lo hacía con un
gusto especial, antes... cuando vivía mi marido. ¡Si vieras cómo lo tenía todo!
¡más bonito estaba todo!
-Imagino
que como los patios cordobeses; siempre digo lo mismo: “este año voy” y nada.
¿Algo así? ¿Bonito como los patios cordobeses...?-pregunté.
-Sí,
sí. Pero qué trabajo, qué trabajo... ¡Ahí llega el autobús, vamos, vamos...!
No sé
cómo se llamaba, ni cómo se llamaba su marido. Sólo que murió con setenta y
tantos años, según me dijo.
La
señora tenía unos ojos como los de las muñecas. Tras las gafas aún se veían más
grandes. Grandes, verdes como las olivas. Esos iris maravillosos... como los de
las muñecas. Sólo conozco a una persona que los tiene así, en color azul. Azul
sueño.
Siempre
me ha gustado recrearme en lo que dicen los ojos, su color y su forma. Y su
lenguaje: la mirada, la forma de mirar. Se conocen tantas cosas de los demás
por la mirada...
Me
senté junto a ella y seguimos hablando sobre flores. Un trecho. Me gustó
recordar el “zapatito de la reina” con ella; aquella maravilla de flor con un
nombre tan coqueto... Volvió a las orquídeas antes de retomar el recuerdo de su
marido.
-Era
tan bueno, tan cariñoso... Cuarenta y ocho años estuvimos juntos. Cuarenta y
ocho... Ahora estoy sola; mis hijos y mis nietos son mayores. Vengo a la playa
y a la piscina con algunas amigas, esos son los ratitos que me quedan, sino...
Ahora
llego a casa... ¡y estoy allí tan sola!
Yo
sentí un pellizco en el alma, de pena, de eternidad, de angustia. Me sentí
responsable de decirle lo que pensaba:
-¿Sabe
que le digo? Que dichosa usted que ha disfrutado de él tantos años, de sus
atenciones y de su cariño. Quédese con esa dicha, porque a otras nos toca
enamorarnos de un príncipe y descubrir a un monstruo.
Quería
consolar su tristeza, porque ella consolaba la mía; imaginarla tan feliz con
aquel hombre me hacía sentir una alegría infinita, como si yo tuviese parte en
todo ello. Sentía que de su felicidad se desprendía un trocito como el pan
recién hecho, oloroso y tierno para mí. De aquel pedacito de felicidad que
volaba por no sé qué dimensión tomé una pequeñísima parte consolando mi soledad
eterna.
¿Cómo
puedo explicar esto? ¿qué soy yo que siento estas cosas como una herida en
carne viva? ¡Y pensar que no me importaría morir en un instante de estos!
Así
sentía cuando ella me hablaba de su marido.
Ella proseguía, ajena a lo que yo estaba
sintiendo:
-Él se
me quedaba mirando y me decía: “qué guapa, qué preciosa que eres”. A veces
discutíamos, no te digo que no... Cuando se iba a jugar al dominó y tardaba
mucho, me enfadaba con él.
-Pero
no importa, no importa... –le decía yo.
-No, él
era muy cariñoso, muy bueno conmigo. Un buen hombre.
-Un
hombre que la quería mucho...
-¿Sabes?
Aún recuerdo las caricias de mi marido... Su manera de acariciarme no se me
olvidará jamás...
... Y
una mano que nunca fue, se perdió en aquella dimensión inconexa...
Las
caricias, las caricias... Las manos de un hombre y sus caricias...
La
mujer es eterna...
lunes, 20 de febrero de 2012
LA QUE TIENE QUE AGUANTAR LA INCONTINENCIA
Cádiz es un retrete.
Un retrete como aquellos antiguos que existían en los patios de vecinos. En casa de mi abuela había uno; un cuartito chico al que uno llevaba un cubo con agua limpia para echar después ésta dentro de la taza. Así se iban los desechos por el desagüe...
Pero estos días de carnavales no hay agüita clara en Cádiz. Ni siquiera la de las fuentes pudiera ser susceptible de ser llamada agua, aunque ya de por sí no sea potable. Es mierda. Mierda líquida.
Las calles huelen a meados mezclados con alcohol, los hombres orinan en cualquier rincón... no se preocupan ni de volver la espalda a los demás, qué va. Supongo que las mujeres también, aunque se esconderán un poquito... que aunque estemos en carnaval, no es cuestión de ir enseñando, claro.
A ver... hay niños por todos lados. Hay niños y eso no es una imagen que ellos deban guardar para la redacción del colegio.
La alcaldesa estaba en una plaza, rodeada por una nebulosa de gente que supongo ya vendría meada de casa. Pero da igual, no sé qué más podrá hacer la alcaldesa. Tal vez a alguien se le ocurra algo, no lo sé. Serán estos tiempos que corren... de gente incívica.
Cuando yo era chica se salía los sábados y era un no caber por cualquier calle del casco antiguo; volaban las serpentinas y los papelillos... ahora sólo se ven en la cabalgata.
Cuando yo era chica íbamos brincando y cantando los estribillos de moda. También había borrachos y gente con incontinencia, pero no lo de ahora... Ahora es una mierda todo.
Ahora la gente "de Cádiz" no sale los sábados: sale los domingos, que los sábados por la noche hay mucho plasta y mucho guiri... Ya.
La gente de Cádiz, como buenos gaditas, salen el domingo de coros a darse una vuelta y de paso beber como imbéciles hasta no distinguir que están orinando como los perros delante de cualquiera y en cualquier rincón.
Sí, habían puesto baños provisionales. Pero por lo visto y olido no los suficientes. Qué asco de calles.
Yo salí corriendo casi de manera literal, no soporto ir pisando excrementos que chorrean calle abajo mezclados con otras tantas porquerías.
¡Qué bonito es Cádiz y cuánto la queremos!
¡Qué pena de mi vieja que, sin tener incontinencia -¡pobrecita mía!- tiene que aguantarla!
martes, 14 de febrero de 2012
VISTO EN EL REINA SOFÍA
Un ser siniestro, se esconde tras los muros del museo... vigila a los visitantes en silencio. Nadie había podido explicar jamás la sensación extraña de sentir que alguien les observa...
Hasta ahora... He aquí el misterioso ser fotografiado por casualidad... No intenten nada si lo ven, disimulen... podría resultar una reacción imprevisible; ignoro cual monstruosa imagen ofrecerá el resto de su anatomía, comparable quizá a las descritas por Verne en su "Viaje al centro de la tierra". Tan sólo sus ojos, apostados sobre el muro ya inquietan bastante...
Un ser siniestro, se esconde tras los muros del museo... vigila a los visitantes en silencio. Nadie había podido explicar jamás la sensación extraña de sentir que alguien les observa...
Hasta ahora... He aquí el misterioso ser fotografiado por casualidad... No intenten nada si lo ven, disimulen... podría resultar una reacción imprevisible; ignoro cual monstruosa imagen ofrecerá el resto de su anatomía, comparable quizá a las descritas por Verne en su "Viaje al centro de la tierra". Tan sólo sus ojos, apostados sobre el muro ya inquietan bastante...
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