A mí, en mi barrio; en la puerta de mi casa, acaban de estampar dos huevos dos críos, primos entre ellos a la voz de "¿truco o traco?" y con el añadido de "tengo cojones pa tirarte el huevo". He salido, puesta a pegar gritos por el hueco de la escalera, que es como aquí entienden las cosas, acordándome de las puñeteras madres de los puñeteros críos y jurando que si los llego a pillar la hostia se la llevan así hubiere llegado la policía y que me lo pasaba todo por el arco del triunfo. La dulce Chari, qué cojones.
Aunque pueda parecer de ciencia ficción, tratándose de mi barrio, ha subido después uno de los autores del disparo hueveril a disculparse, a la orden de mis gritos. Temblando y gimoteando, "perdone señora..." y después llorando a moco tendío y diluyéndose el maquillaje en solución lacrimal; acusando a su primo como autor del segundo impacto que casi arruina el jersey de una de las mamás de mi fiesta de pijamas. Un vasito de agua y un abrazo se ha llevao, el vampiro.
"Lo ves todos los días, lo ves todos los días, no digas mentiras, a él lo ves todos los días..."
Antes le había dicho que no, que nunca lo veía, que nunca se lo encontraba. Ahora ella misma estaba creyendo lo que el chico que le asía de los brazos trataba de hacerle creer. Y no sabía bien si era por el dolor que aquellas tenazas le provocaban, si por la vergüenza de querer ser una joven libre o por la certeza de que la circunspección iba a ser la baliza de una femineidad pre fabricada.
A veces es el túnel del horror, otras una caja de galletas, una mesa camilla con ruedas o un congreso ambulante por las calles de Chiclana. Nunca se sabe lo que puede encontrarse en el autobús de Solagitas: Oliva con sus fandangos, Visitación con su peluca y sus hechuras de pitirrojo, las chonis más fashions del barrio con gatos acostaos en lo alto del cogote... Cuántas cosas descubre un oído avizor o un ojo atento...
En esta ocasión subo sola en la parada y el cuadro femenil que me encuentro me deja de piedra: femineidad a tope en la madre y la niña que se sientan atrás. Yo no puedo dejar de mirar en ningún momento los enormes lazos rosa de la cría ni el cutis maravilloso de la mami. A la niña sólo le faltaba el máster, tenía una sabiduría y una mirada de vieja que ni la Tía Norica... Era la señora lacitos una fuente del saber, una largartijilla en rosa barbie, un torbellino de color en manoteos aviaos y poses que harían las delicias de cualquier Juan y Medio que se preciara de tal, un espectáculo de pelo rubio estirado por mor de claros dogmas de fe hasta rozar el dolor: el oráculo definitivo. Su mirada celeste me había hecho pupita varias veces, de forma huidiza, como avisando: quizá llevada por eventuales arrebatos de humanidad que yo ya intuía predecesores de un big bang irremediable. Y no erré: a la altura del Pájaro la niña me miraba como queriendo comerme a bocao limpio... "¡Tú no mire!", me dice, haciendo como que cerraba una cortina invisible con la mano y a continuación poniéndose en jarras. La madre del cutis impoluto le riñe: "La mujé no te está diciendo ná..."
La lagartija rosa abre los ojos como si se fuera a comer un bollicao y dice: "¿Tú sabe que yo tengo un tío policía?" Niego con la cabeza; estaba acojonada. "Pué voy a llamá a mi tío pa que te ponga una murta..."