MI ENCUENTRO CON EL EDITOR DE BOLAÑO
¡Ave, César(es)!

MI ENCUENTRO CON EL EDITOR DE BOLAÑO
¡Ave, César(es)!

Construye el ser humano con maestría castillos en el aire. Edifica, con absurda solemnidad, atalayas con arena y torres con suspiros. Pone en pie libros de humo y roba, ¡oh, milagro!, palabras al viento. Así aleja el ser humano su espanto.
El miedo es el trenzado que sostiene las religiones, la urdimbre que crea un dios que habrá de salvarnos de nosotros mismos, pobres cobardes, incapaces de gestionar sin tutor las propias miserias e inmundicias. Así, el ser humano crea la divinidad a la que adorar, el clavo incandescente, ilógico y absurdo, de un ser superior y, en aras de una creatividad pasmosa, le da apariencia antropomorfa, lo sienta en una nube y define cielos e infiernos.
Todo ello habría de quedar atrás, en el espacio de tiempo de un medievo más extenso que el histórico y que convive todavía hoy con el mundo digital y los avances científicos. Sabemos que Jesús de Nazareth fue un predicador como tantos cientos que pululaban por aquellas tierras en aquellos tiempos; era uno más que decía ser 'el hijo de dios'. Y, aun no teniendo constancia de que resucitase, el ser humano sigue aferrado a aquellas zarzas ardientes.
Me diréis ahora: ¡Es la fe...!
¡La fe!, ¡la cobardía, digo yo!, ¡la cobardía y el infantilismo, la irresponsabilidad de no afrontar las propias carencias y las propias imperfecciones!, ¡la obcecación de creerse el centro del universo, de sentirse más importantes que nada en este planeta!, así destruye el humano y come carne sin ser lícito, pues a seres vivos maltrata haciéndolo. Asesina en nombre de sus deidades para argumentar así sus intereses egoístas, porque, ¡mirad!, ¡no sirve de nada adorar a dioses; sigue el humano rastrero y vil desde la noche de los tiempos! ¡No es ese el camino, absurdos y ridículos humanos!
La verdad no es esógena; está dentro de cada uno de nosotros y desde todos los lugares en los que habita cada uno de nuestros corazones. Si tenemos la humildad suficiente para evolucionar como especie, hallaremos la verdadera gloria, que no es sino la paz interior.
No busquéis en resucitados, porque os mentís. Tengamos fe en lo que somos y en lo que habremos de mejorar. Fe en nosotros, no en cuentos de hadas, porque en nuestros corazones está el camino la verdad y la vida.
"Se distrae con una mosca que pasa volando".
Esta es la frase que mis maestras repetían a mis padres para ilustrar mi falta de atención en el colegio y mis notas justas. Pero tal cosa no era del todo cierta: para mí, las nubes que veía a través de las ventanas de la clase, un haz de luz sobre la mesa de madera, la caída de la cinta sobre el pelo de una compañera..., todo aquello era mi lección y a ello atendía, absorta.
Desde niña, la contemplación y la espiritualidad, la observación de lo nimio, de los grandes acontecimientos de lo cotidiano, han definido mi esencia. Pero jamás he podido desarrollar mi espiritualidad; yo misma la ahogaba, una y otra vez, por diversas causas. La vida me llevó y trajo y yo la seguí. Nunca pude ver siquiera, vislumbrar, algún elemento sobre el que construir aquello que yo era.
Estoy a punto de cumplir el medio siglo de vida. Es un momento mágico, crucial, importante: la madurez, gestada en la experiencia, adintela una visión diferente del mundo y de las cosas, pero, más importante, un conocimiento más profundo de lo que compone mi centro se da en estas coordenadas del camino. La soledad, mucho mejor maestra que cualquier "algo" que se precie de sabio, hace emerger el contenido de lo más profundo del alma; lo lleva a la superficie, como el mar de fondo. De esta forma es como, cumpliendo el medio siglo, he conseguido disponer de los elementos suficientes para desarrollar la espiritualidad que siempre tuve en mi interior. Libre de ruidos y distracciones, focalizando toda mi atención en ella.
Sé que la enfermedad, el cáncer, fue el maravilloso punto de inflexión que mi alma necesitaba.
Doy gracias por ello.
Anoche, en el Palazzo Pisani Moretta de Venezia, la diseñadora y organizadora de grandes eventos Antonia Sautter, hizo posible su "Ballo del Doge". Una celebración que tiene lugar todos los años, con gran fastuo, pero suprimida en este último año y muy ansiada ahora, tras las restricciones de la pandemia.
Es un escenario en donde el lujo, la vacuidad y la sensualidad, se muestran oferentes y sin reparo en gastos. Es esta una "Venezia" que yo oteo desde mi ventana. Pero, afortunadamente, existe una Venezia cercana, "ajustada" en gastos, disfrutable y apetecible como una simple y jugosa manzana: ésta ofrece largos paseos por sus "fondamentas" y "rivas" , "salizatas" y "campos", incursiones bajo sus inquietantes "sottoportegos" y sus estrechas calles, caminatas por anchas vías llenas de tiendas de artesanía, para pudientes y para viajeros con menos, porque, ¡que viva lo democrático!: uno puede llevarse un souvenir de Venezia hecho en China, por 1 euro, pero que no encontrará en su ciudad y, el que pueda pagar un camafeo a cientos de euros, un vaso de cristal de Murano o un increíble tapiz, que lo haga; quien pueda pagar un hotel a miles de euros la estancia, un taxi a 120 euros el trayecto, un café en más de 20 euros, que proceda a ello y disfrute, pero ¡que no piense que Venezia es sólo suya!
El viajero modesto podrá llevarse una valiosa máscara de plástico, hecha en China, como recuerdo, por 10 euros. Podrá tomar un café a 1,50 si sabe adónde y verá que no sucede esto en un oscuro callejón, lejos del bullicio veneciano.
En cambio, su osadía de visitar una de las ciudades más caras del mundo, se lo recompensará Venezia con hermosísimos atardeceres, con serenos paseos junto a la Laguna, con el conocimiento de museos y monumentos, con el trato al veneciano, hospitalario y especial y le parecerá escuchar, en el cabeceo pertinaz de las proas de las góndolas sobre el agua, ecos de otras épocas, notas de Vivaldi, pasiones y embrujos de siempre.
Entre el lujo del "Ballo del Doge" y una máscara de 10 euros china, se encuentra Venezia, la "vecchia signora", hermosa en su decadencia, demostrando que es sabia: que a todo mortal seduce para que la adore, y a ella nunca le importará el poder del bolsillo de éste.
Ella sabe. Es Venezia. La única.
Intuí el fallecimiento de mi madre dos meses antes de que se produjese.
Ella estaba como siempre: mejor del azúcar, con sus dolores de huesos, caminando torpe, cansada... Pero algo sucedía diferente.
Algunos meses después de que comenzase la pandemia, mi mami retomó el tabaco. Su hábito de media vida volvió. Salía a comprar su paquete al estanco del barrio, a escondidas, con su tacataca o bien le birlaba a mi hermano y fumaba. Ella se relajaba así. Mi madre era fumadora. Nunca dejó de serlo, aunque lo dejase por un susto que le dio a su salud, allá con sesenta y cinco años, más o menos. Ahora, por el agobio de estar encerrada, volvió a fumar y ni siquiera le preocupó tener puesta una endoprótesis vascular.
Mi madre fue una víctima más de la pandemia. Ni siquiera llegó a las vacunas. Murió dos meses después de mi presentimiento. Se llevó fumando todo el verano pasado. Yo la reñía en mi casa, porque me aterrorizaba verla fumar y con qué despreocupación lo hacía.
Fue curioso aquel presentimiento; yo lo traducía claramente, como un mensaje de mi abuelo Juan: El abuelo me está diciendo, de alguna forma que no logro entender, "no quiero que la niña fume". Eso creía yo que me decía el finado, al que ni siquiera conoció mi madre, ya que murió cuando ella tenía cinco años. "No quiero que la niña fume"... Y no sabía yo que era un presentimiento sobre lo que iba a suceder.
Un mes antes de que mi mami falleciese, estuve en su casa con ella unos días y se lo dije : "Mamá, que el abuelo Juan, tu padre, no quiere que fumes. Está preocupado".
Yo no entendía, ni entiendo aún, por qué yo me expresaba así. Creo que, efectivamente, intuí lo que iba a pasar. Ella me contestó: "Chiquilla..., si yo no conocí a mi padre", y hacía un gesto de apartar aire con una mano.
Mami...
Se le paró el corazón y amaneció dormidita. Un año sin ella. Cuánta pena. ¡Cuánta pena desgarradora y honda!
"Mariquilla"
ESPERE, COMA, SALGA.
Anoche vi algo absolutamente perturbador: una larga fila de coches, dándole al claxon con desesperación, hacían cola, a eso de las nueve y media, para entrar en el ridículo recinto que, el Burger King de Chiclana, tiene para despachar pedidos "auto" y para aparcar y estar adentro.
Me inquietó muchísimo la desesperación de la gente que tocaba sus cláxones con enfado... ¿por comer "comida rápida"? Es digamos... un colmo: el de la necesidad impuesta por lo rápido y lo fácil.
Lo dicho.
Miré la luna, me hizo feliz su semblante de ojo moruno, sentí con agrado el frío húmedo de la magnífica noche, ajusté los auriculares para no dejar escapar ni una sola nota de mi adorado Debussy y sorteé la fila tras mi visita al súper cercano, contentísima por la oportunidad del paseo y de una cena de brócoli salteado, jamón dulce y salmorejo, en cuanto llegase a casa.
Hay un creador de mariposas, que engorda las bellas alas con su aliento y después, gris en las cínicas sombras de su gula, las devora y las olvida.
Pero las mariposas, que viven tan poco, frágiles y blandas, encuentran siempre una grieta en un espejo y cristalizan en nuevos amaneceres, en inmensos cielos con estrellas.