
...miró sus piernas. Apagó la luz y cerró los ojos.
Las serpientes aún estaban.
Desechó el impulso de poner las manos sobre ellas, ya conocía el efecto posterior. Escocería más; la fría piel de sus manos quedaría pegada unos instantes sobre las serpientes... y éstas no querrían soltarlas. Le morderían. Agarrarían su piel con fuerza, tendría que tirar fuerte y el latido de dolor le traspasaría las entrañas, le obligaría a encogerse aún más en su cama.
Resistió entonces.
Asió deseperadamente las sábanas, y apretó su cuerpo mientras unas pocas lágrimas se perdían sobre las ardientes mejillas, sobre los temblorosos labios... filtrándose entre los pequeños dientes.
La luna habría salido ya.
A veces le recordaba a una gran torta de aceite, como la que mamá le daba para merendar, cuando su blancura se teñía.
Hoy no podía mirar su luna.
Carlos dormía en la cuna, su respiración acompasada le llegaba como un rumor de olas serenas...
Aunque la única certeza eran sus propios sollozos.
Tal vez la luna ya estuviera bien alta en el cielo.
Cuando papá entró en su habitación, y se sentó en la cama junto a él, Alberto no se movió.
Tan sólo creyó ver por un momento en la oscuridad, el destello fugaz de una hebilla dorada...