martes, 17 de agosto de 2010

MANUELA


"Todo es necesario", me decía...
Suspiraba al llegar a casa dejando su bastón en el paragüero...
Entonces venía el "tesito".
Pasaba por la cocina agarrándose a los muebles, y le daba al hervidor de agua instrucciones de no tardar más del tiempo preciso para quitarse la ropa de calle y ponerse la batita.
Yo le seguía despacio, pisando las mismas plaquetas del suelo que ella pisaba.
Siempre temí..., todos los días, que aquella silla de tijera a los pies de su cama se desmontara en aquel instante en el que se desplomaba sobre ella con gesto cansado.
Le mimaba como a una niña caprichosa, le contaba cosas bonitas y cosas triviales... y cosas...
Y ella me decía "-Miravé el agua".
Durante casi media hora le entretenía a diario en la cocina, mirando de reojo aquel reloj de propaganda de colonia barata.
Espaciando cada sorbo de té y observando su rutinario proceder con la bolsita una vez usada, que con gran presteza enroscaba a la cucharilla exprimiéndole hasta la última gotita de orgullo.
Durante espaciosas lagunas de tiempo sólo se oía el ti-tic nervioso del reloj.
A mí se me acababan los argumentos mientras ella se secaba el hilito de leche teñida en la comisura de los labios.
Intentaba proseguir la charla, trivial, vacía y enredada a propósito.
Pero no colaba. Justo a la media hora daba unas palmaditas sobre la mesa de la cocina con su brazo derecho tullido, aquel que quedó destrozado por una caída cuando era niña.
Poco importaba que no tuviera la articulación del codo, Manuela se servía de él como si tal cosa.

En realidad lo tenía así por culpa de un gesto de amor.

Cuando sucedió la caída contaba con seis añitos. Pese a ser tan niña Manuela procuró algún tiempo sin decir nada, agüantando el dolor, para no preocupar a su madre. Una mamá como las de antes, eternamente embarazada...

Había heredado de ella su desparpajo, aunque el gusto por mandar le sería dado en exclusiva. Tenía ochenta y tres años entonces, y cada vez que decía su edad entraba en una duda que tomaba su forma verbal exactamente cuando pronunciaba la conjunción. En aquel momento siempre se detenía, como dando un saltito con la "y" en los labios, y alargaba su sonido durante unos segundos. Aunque lo realmente clarificador llegaba si anteponía la palabra "cincuenta" a la de "ochenta".

-¡Manuela, que se acaba de quitar usted treinta años de un soplío!- le decía. Entonces movía la cabeza a un lado y a otro, y se defendía con un simple "-¡Sá!"

Durante casi todos aquellos ochenta años le había tocado lidiar toros difíciles. Con sólo nueve años limpiaba los fogones subida en una silla, con su brazo tullido. Preparaba comidas, limpiaba la casa y cuidaba de siete hermanos más pequeños y de su padre...

Las últimas palabras de su madre antes de desangrarse en su cama fueron puros insultos hacia el médico que le había asistido en el parto. Manuela decía que le había sacado a la vez la placenta y las tripas, eso me decía siempre. Treinta y ocho años y muerta en el octavo parto.

Una nueva ilustración para empatizar con la vida esclava de nuestras bisabuelas y abuelas... Aquel acervo machista que sombrea nuestras vidas aún hoy, y que amenaza con perpetuarse en las nuevas generaciones como una mala hierba.
Aquella Remedios bendita, cuya vida transcurrió de las manos de un hombre a las de otro.
"Pasada", del padre al marido con verdadero orgullo, constantemente considerada como sumisa ama de cría.

¡Hermosa mujer de facciones delicadas y grandes ojos! con aquella sonrisa que tanto me recordaba a la enigmática Gioconda.
Muerta con treinta y ocho años, a la misma edad que muchas ahora apenas acaban de ser madres por primera vez... Como muchas ahora que ni siquiera se lo plantean...
¡Cuánto daño ha hecho la religión desde siempre, cuánto la absurda sumisión impuesta!

Lo único que quedaba de ella era aquella antigüa fotografía, junto al retrato de aquel marido con cara de pasmo casi ahogado por el cuello de la camisa y el nudo de la corbata. Aquella fotografía que se salvó de aquel desbordamiento del río... Eso, y el recuerdo en el corazón de Manuela. Me aseguraba que ya tenía ganas de volver a ver a su madre, que la echaba de menos con todas las fuerzas. Nunca se deja de echar de menos a un ser querido.

Me hizo llorar esta Manuela, su rudeza no dejaba resquicio alguno para que entrara mi cariño. Era enérgica y severa.

Recuerdo aquellas letrillas que le arrancaba, cuando en alguna ocasión se sentía animosa de canturrear conmigo "Carmen de España" o "La niña de Puerta Oscura".
Le gustaban los chistes verdes... y las palabras ligeritas, y le daba siempre la razón al marido con un "-¡Cómo lo sabe!" que no admitía más réplica.
En lo más profundo quería sobrevivirle, era un pulso a muerte nunca mejor dicho entre los dos. El cliché se había repetido, aunque con algunos matices. Menos hijos, pero igual sumisión. Aún me persigue la duda terrible. No sé si aquel marido la había respetado... Supongo que todo lo vivido le dió derecho a desarrollar aquella rudeza.

En el fondo Manuela fue una víctima. Sí, lo fue. Lo fué porque ya murió. Murieron su bracito tullido, su pecho cortado, sus letrillas verderonas, su rutinario "tesito" y su caminar chiquitito.

No hace mucho me dijeron que el marido va como alma en pena...




2 comentarios:

Marco dijo...

que relato mas triste =/
es muy bonito pero destila una melancolía inverosímil...
nunca se deja de echar de menos a un ser querido... =/
hacía mucho que no venía por aquí, mil perdones! pero sigues escribiendo igual de bonito que siempre
un beso! =)
PD: proponerme dedicarme a escribir... bueno... lo voy a intentar. Tendré guardadas las espaldas con otra cosa... pero nunca dejaré de intentarlo =) Muchas gracias... pocos comentarios hacen que me ilusione tanto como los tuyos... gracias por estar ahí!
el rayo de sol...
Gracias artista.

tangai dijo...

Marco, gracias a tí.
Adelante con todo. Tienes una sensibilidad exquisita.
Un abrazo.