domingo, 4 de noviembre de 2012

PASCUALINA CASTAÑEDA


PASCUALINA CASTAÑEDA

en "LOS BENEFICIOS SOCIALES DE SACAR A TIEMPO EL CUBO DE FREGAR AL DESCANSILLO"

La mañana de Pascualina transcurría tranquila adornadita de grises por todos lados, hilvanado el cielo con unas hebras de lana blanca para jersey de invierno y un silencio de café con leche que sólo acompañaban la bata de guata y las zapatillas con el  bordado de conejo. "Ras, ras", decían, a lo que Pascuala respondía sin miramiento alguno paseando por la cocina con un suspiro de cuando en cuando.

Pronto serían las ocho de la mañana, los niños se habían marchado ya, uno a trabajar y el otro a buscar trabajo que la cosa estaba muy fea. Menos mal que su querido Silvestre sí que contaba con la nómina y ahora con la cesta de Navidad, que dirán lo que quisieren decir pero que es un desahogo, sobre todo para recibir visitas de cuñados y cuñadas con niños a deshoras. A Pascualina no la cogían nunca en un desavío, qué va. Ella era organizada como pocas, con un don para la logística y la administración que tiraban para atrás, que ya envidiaren muchos jefecillos para sí, eso seguro.

Hoy, lunes frio y aburrido no tocaba trabajar; no había llamado la señora para ir a recoger la casa así que se disponía a recoger la propia.
En ello andaba doña Pascuala, Pascualina por defecto, que se le quedó el ricito aquel de cuando un sábado de feria de hace treinta años que le dio por cantar una coplilla inventada por ella a un grupito de amigas que resultó ser de envidiosas. Una copla bonita y en honor a su persona y que, para disimular la deferencia, había titulado: "Pascualina limón"
¡Uf, aquella broma...! mejor ni acordarse, que le llovieron caramelos, garrapiñadas y peladillas de colores y tuvo que echar a correr atravesando toda la feria... Tan sólo pudo parar cuando cayó en el fango toda temblorosa del susto, habiéndose pisado un volante de la falda... Ya tan sólo alguna vieja amistad y su familia se acordaban del por qué de lo de Pascualina.
Ella lo tomaba con cariño más que nada por no disgustar a su marido, pero las vecinas... ¡qué va! Para las vecinas ella era "la Pascuala", hembra de carácter, morena y con cuarenta y nueve años envueltos en un celofán hermoso de michelines criados a conciencia aún sin disponer de mucha dentadura, que eso nunca le había quitado el hambre a ella de magdalenas y de pan "cucurrúo".

Las ocho ya. El aroma del café recién hecho se colaba por las habitaciones y por debajo de la puerta de la entrada, por su aparato olfativo y por debajo de la bata, que hasta los conejitos movían las orejas de gusto.
Al segundo sorbito de café las orejas de Pascualina se enderezaron, también de gusto, cosa milagrosa ya que esto le sucede a los animales, normalmente. Siempre existen excepciones en humanos, como era el caso de Pascualina Castañeda cuando andaba sola por su casa.

Un ruido, un jaleo pequeño, una queja, algo más que un murmullo se dejaba oír tras el tabique del salón, en el piso de al lado. Allí vivían o al menos sobrevivían, una madre y dos niños. Los tres solos. No era mala muchacha, qué va; un poquito coqueta nada más. Sin embargo Pascualina se guardaba muy bien a su querido Silvestre entre los muslos apretados, por si acaso la coqueta anduviere con hambre alguna vez...
Al principio había recelado un poco pero en aquel piso de al lado había tanta tela que cortar que ya en aquellas cuestiones del cuidado se había ella relajado un poco y ahora centraba toda su atención en cualquier ruido interesante que viniere del tabique del salón, que para eso había cambiado Pascualina el sofá de sitio, para sentarse tranquilamente en silencio a escuchar. Aquello podía llegar a ser un cine, un entretenimiento maravilloso.

La mañana prometía, al menos eso parecía por las voces que había creído oír. Dejó la taza de café aún caliente sobre la mesa de la cocina, cogió un vaso del estante de los platos y se dirigió al salón movida por un resorte, como un muñeco al que le acaban de dar toda la cuerda posible.
Los conejitos ya no hacían "ras-ras"; Pascualina los había mandado callar por si acaso. Por defecto profesional podría decirse.
Encajó el trasero como pudo entre el brazo del sofá y la mesita del teléfono, con cuidado de no tirar el jarroncito de china, regalo de bodas y futura herencia para la nuera más buena con ella a su vejez...

El instrumento para la escucha era un simple vaso, normal y corriente, de agua para más señas que colocó sobre la pared como si fuere a beber el agua con la oreja.
Permaneció atenta unos instantes, contenida la respiración y muy abiertos los ojos chicos. Las pestañas húmedas pegadas a los párpados, dispuestas en ramilletes, daban de lejos la impresión de ser cuatro o cinco en total alrededor de cada ojo y recordaban a las plantas carnívoras esperando a un insecto tontón para darse el festín.
"¡Ay, las ocho y diez, ay, ay...!", podía escuchar Pascualina. "Y ¿ahora qué y ahora...?" ¡Blam!. Un portazo proveniente del salón del piso de al lado la dejó con la miel en los labios... Parecía que habían cerrado la puerta del pasillo, la que comunica con los dormitorios. "Esa tenía que ser"-se decía-, porque los pisos estaban dispuestos simétricamente y era la única puerta que una vez cerrada podía dejarla con tan sólo la mitad de la información metida en el vaso de agua... "Han cerrado la puerta del pasillo...", se dijo apartando el vaso del tabique y rascándose la marca curva del filo sobre el cachete izquierdo. "¿Y ahora...?",se  lamentó desplomando su cuerpo blandito y "embatado" encima de la cahemire del sofá.

En la mesa de la cocina se quedó dormido el café con leche, las hebras de lana blanca del cielo comenzaron a tejer una bufanda sobre las azoteas del barrio... No muy lejos, más arriba de la cuesta "Los pobres", por la carretera de Medina, comenzaba a oírse más cerca cada vez, el pregón "jartible" y acostumbrado del que venía vendiendo, como cada lunes, papas y naranjas...

Pascualina se removió sobresaltada y despertó de un sueño extraño de carpas de feria de colores y puestos de algodón dulce que de pronto comenzaban a convertirse en objetos animados que la perseguían por un camino embarrado y oscuro lejos de las luces de la fiesta.... Soltó un bufido de alivio al verse repostada en su sofá. Un regusto a café en la boca y un hambre feroz la hicieron después gruñir de rabia. Pero esto se le pasó enseguida también, en cuanto se acordó de las voces aquellas de por la mañana... Se había quedado dormida... No podía ser, ¿qué hora era? ¿y el café con leche? y la vecina ¿dónde estaría?.

Cogió el vaso que había dejado sobre el cachemire y se incorporó con trabajo; una, dos y hasta tres veces se le fue el trasero de nuevo al asiento. Resoplando, soltó el vaso y apoyó bien las manos para intentar levantarse de nuevo sobre el brazo del asiento y un cojín...

No se escuchaba nada, ningún ruido. Las once de la mañana eran ya. Esto no se lo podía perdonar ¿qué detalle de la historia se habría perdido? Iba a quedarse sin saber por qué la vecina de al lado dijo lo que dijo y por qué había cerrado la puerta del pasillo... Pero, aunque la necesidad era grande, muy grande y acuciante, lo primero era lo primero; el café. Ligerito ahora ya, recalentado que no daba tiempo para más. Un sorbito bien caliente y un mordisquito a la magdalena de limón. Con eso ya volvería Pascualina a entrar en su cuerpo de verdad.
Metió el vaso en el bolsillo de la bata y arrebujó un poquito dentro de ella las lorzas que se habían colocado de mala manera durante el sueñecito involuntario en su sofá.
De nuevo se oyó trasiego al otro lado del tabique. Sí, sí. ¡ay qué feliz, qué feliz! Tenía que saber, aunque ya podía intuir lo que había ocurrido, pero debía cerciorarse. De otra forma la digestión del almuerzo se la comería a ella y no podía ser; no podía tener mala digestión que después le daban gases y eso sí que era malo.
La vecina se disponía a salir de casa con los niños. Sí, sí... Oía trasiego de maletas escolares y pasitos precipitados, eso confirmaba su teoría: ¡la vecina se había quedado dormida y no había llevado a los niños al colegio!.
Pascualina se sentía feliz, un gozo inmenso le llenaba enterito su cuerpo embatado, desde las zapatillas a la coronilla y un estremecimiento, que recibió agradecida, dibujó una sonrisa mellada en su cara de lunes.
La coqueta se había quedado dormida... "Claro… A saber si por la noche no anduvo esta con eso del internete hasta las tantas..., ¡qué ejemplo de madre...!”. Y es lo que digo yo... ¡que hay mamás y mamaítas...!, sentenció en voz alta.
Todavía faltaba lo mejor. Pascualina tenía que hacer algo más, lo más importante si se paraba a pensarlo; la vecina coqueta debía saber que ella, Pascualina, la había pìllado infringiendo una norma fundamental en toda madre que se precie: no quedarse dormida nunca. Ella desde luego nunca. Ella sí que era una madre en condiciones, como está "mandao", que aún a sus hijos atendía gustosa en todo aunque ya pasaran de los veinte años...
De un salto, como si fuere la bailarina de una cajita de música, entró al lavadero a por el cubo y la fregona, el limpiasuelos con olor a pino y un trapo que empapó de limpiacristales. Esto la ayudaría como excusa para justificar su presencia en el rellano; ¡no era cuestión de que la tomaran por cotilla...!
Ajustó el cinturón de su bata de guata y abrió la puerta. "Ya verá esta ahora..."

Teresa abrió la puerta y colocó las maletas en el rellano, aún daba tiempo de llegar al colegio para la hora del recreo... De repente se percató de que la vecina le miraba apoyada toda entera sobre el palo de la fregona con los ojos fuera de las órbitas. ¿Y esto?, pensó sorprendida.

Los niños salían de casa cuando Pascualina, en un esfuerzo atroz por no desmayarse de gusto acertó a enlazar una frase que le salió de las tripas:
-¡Uy! ¿es que no han ido los niños al colegio hoy...?




5 comentarios:

Mauro dijo...

Excelente, "farfalla", lo has "bordao". Ahora toca presentarlo.

genialsiempre dijo...

Excelente, cuanto más escribes mejor lo haces. Lo de presentarlo...¿nos vas a presentar a Pasqualina?, jejeje, porque la vecina con dos niños ya la conocemos,

Pedro dijo...

Vengo de leer lo de las bases para el concurso literario de Frasquita Larrea y me encuentro con este peazo de relatazo. Si lo presentas creo que he tenido el privilegio de leer a la ganadora antes que nadie.
Así podrás vengarte de lo lindo de la Pascuala esa.
Un beso y suerte.

tangai dijo...

¡Halaaa! ¡cuántas cosas bonitas decís! La Pascuala lo es por vocación y yo la traigo aquí por defecto. Lo suyo es liarla y pegar palmadas para acompañar su incontinencia verbal a la hora de pelear con alguna vecina insurrecta.
Gracias por vuestro apoyo... Pa mí es agüita de Mayo.

tangai dijo...

He querido actualizar el relato de Pascualina que, tras las correcciones que le hice en Febrero, quedó con algunas lagunas al transcribirlo en blogger.