"EL RAYO DE LUNA"

Cuando el silencio toca su nota sostenida, y la oscuridad de la habitación invita a confundir la realidad… apareces tú en mis pensamientos.
Es entonces cuando regalo a la noche el suspiro que nace en mi vientre, para matarlo a continuación con el sollozo que nace en mi alma… mientras la noche calla.
Aún no has venido. Todavía no conoces el sabor dulce que guarda, el murmullo de sus palabras, y la música de sus placeres. Ella no es capaz de enfrentar su secreto, y yo espero, dónde la sangre fluye, envejeciendo cada día. Mira que está herida de muerte, aunque sobrevive alimentándose de ti. Respiramos, cada vez que respiras… aunque a veces oye mis gritos desgarrados, al otro lado de su piel.
Otras veces me acomodo en su pecho, y paso el tiempo ahogando sin piedad el músculo acompasado. En su cerebro recorro las neuronas bañándolas con mi ácido dolor, retorciendo sin piedad su voluntad y su alegría.
Está herida de muerte… pero le gusta salir los días de lluvia, y asomo por sus ojos para contemplar el cielo pintado con gris y la gente que camina deprisa por las aceras.
En esos días le dejo pasear… también ella necesita salir.
Cuando se cansa de la lluvia, y ya ha pintado su garabato en el cristal, vuelvo a acomodarme detrás de su piel, relajado y en silencio.
Es entonces cuando duermo en su garganta y compongo mi sinfonía de hieles, dejándola huérfana de palabras. De esta forma llegamos aquí, conservando el tesoro de luz que se apagaba, como los niños temen que alguna vez pudiera apagarse la magia de las hadas, semejante al que, perdiéndose en el desierto, encontró el agua que necesitaba.
Juntos hemos recorrido un largo camino, largos años de miradas vacías y pasos sin rumbo, mecidos por el viento como las hojas secas, con la esperanza de quién echa a volar una paloma mensajera en un día de tormenta…
Debes saber que en las noches de verano, ella me acunaba mirando las estrellas de agosto, y nos consolábamos acariciándonos dulcemente, sólo entonces era capaz de reconocerme.
Le parecía que las estrellas nos miraban, soñaba que eran copos de nieve suspendidos para nosotros en el cielo de verano, por la acción benevolente de algún mago ancestral.
Me cantaba susurrando e intentaba suavizar mis heridas, algunas tan profundas entonces, que apenas conseguía cubrirlas con el bálsamo de la esperanza.
Le decía que el dolor era insoportable, que me dejara morir… Ella me hacía callar, meciéndome maternal. Me hablaba de ti, ya entonces; me contaba que sería hermoso, que volvería a ser bello, puro, vistiendo de oro su vida y sus sueños, al igual que antaño cuando saltábamos felices por las calles de la ciudad… cuando no sabíamos aún qué era el dolor,… acíbar servido en un cáliz de inocencia.
Llegamos cansados, con un equipaje desgastado y los zapatos sucios por la tierra del camino, pero por suerte ella ha cuidado de mí todo este tiempo, y me guarda celosa de avatares y tormentas. Te buscó por muchos lugares, llevando en su alma el peso de mi rebeldía, arrastrando la carga penosa de mi existencia, negándose a vivir como un animal… como un animal.
Es entonces cuando regalo a la noche el suspiro que nace en mi vientre, para matarlo a continuación con el sollozo que nace en mi alma… mientras la noche calla.
Aún no has venido. Todavía no conoces el sabor dulce que guarda, el murmullo de sus palabras, y la música de sus placeres. Ella no es capaz de enfrentar su secreto, y yo espero, dónde la sangre fluye, envejeciendo cada día. Mira que está herida de muerte, aunque sobrevive alimentándose de ti. Respiramos, cada vez que respiras… aunque a veces oye mis gritos desgarrados, al otro lado de su piel.
Otras veces me acomodo en su pecho, y paso el tiempo ahogando sin piedad el músculo acompasado. En su cerebro recorro las neuronas bañándolas con mi ácido dolor, retorciendo sin piedad su voluntad y su alegría.
Está herida de muerte… pero le gusta salir los días de lluvia, y asomo por sus ojos para contemplar el cielo pintado con gris y la gente que camina deprisa por las aceras.
En esos días le dejo pasear… también ella necesita salir.
Cuando se cansa de la lluvia, y ya ha pintado su garabato en el cristal, vuelvo a acomodarme detrás de su piel, relajado y en silencio.
Es entonces cuando duermo en su garganta y compongo mi sinfonía de hieles, dejándola huérfana de palabras. De esta forma llegamos aquí, conservando el tesoro de luz que se apagaba, como los niños temen que alguna vez pudiera apagarse la magia de las hadas, semejante al que, perdiéndose en el desierto, encontró el agua que necesitaba.
Juntos hemos recorrido un largo camino, largos años de miradas vacías y pasos sin rumbo, mecidos por el viento como las hojas secas, con la esperanza de quién echa a volar una paloma mensajera en un día de tormenta…
Debes saber que en las noches de verano, ella me acunaba mirando las estrellas de agosto, y nos consolábamos acariciándonos dulcemente, sólo entonces era capaz de reconocerme.
Le parecía que las estrellas nos miraban, soñaba que eran copos de nieve suspendidos para nosotros en el cielo de verano, por la acción benevolente de algún mago ancestral.
Me cantaba susurrando e intentaba suavizar mis heridas, algunas tan profundas entonces, que apenas conseguía cubrirlas con el bálsamo de la esperanza.
Le decía que el dolor era insoportable, que me dejara morir… Ella me hacía callar, meciéndome maternal. Me hablaba de ti, ya entonces; me contaba que sería hermoso, que volvería a ser bello, puro, vistiendo de oro su vida y sus sueños, al igual que antaño cuando saltábamos felices por las calles de la ciudad… cuando no sabíamos aún qué era el dolor,… acíbar servido en un cáliz de inocencia.
Llegamos cansados, con un equipaje desgastado y los zapatos sucios por la tierra del camino, pero por suerte ella ha cuidado de mí todo este tiempo, y me guarda celosa de avatares y tormentas. Te buscó por muchos lugares, llevando en su alma el peso de mi rebeldía, arrastrando la carga penosa de mi existencia, negándose a vivir como un animal… como un animal.
No hace mucho escribí algo en mi diario : “Para amar de verdad sólo necesito amar de verdad, en un lugar diferente donde el dolor no llega, porque no existe.
Quizás me digas que eso no es amar de verdad, pero no lo creas…, es el amor de los rotos.”
Ahora he recordado algo de cuando era niña, aquella vez que curé de un malestar que me tuvo en cama algo más de una semana. Recuerdo la primera mañana que conseguí ponerme en pie. Mis piernas apenas podían sostenerme, y sentía en el pecho una presión que me angustiaba. Me encontraba demasiado débil, las fuerzas me habían abandonado, y me sentía incapaz de dar un paso; ni tan siquiera confiaba poder llegar al salón para sentarme allí.
Aquella sensación de debilidad me acompañó durante un par de días, estaba muy delgada y tampoco quería comer. Ahora también me siento así.
Te miro a los ojos y no puedo creer que estés mirándome. Imagino, o creo adivinar que tu mirada refleja algún afecto por mí. Intento que no se note el brillo en mis ojos, que no puedas presentir que la tormenta se aleja, y sé sin embargo que me equivoco.
¿Cómo es posible que pueda escuchar tu nombre cuando el viento agita las hojas de los árboles? ¿Cómo soy capaz de imaginar tus besos cuando las olas del mar rocían mi piel? ¿Por qué te encuentro entre mis dedos si acaricio mi sexo? ¿Por qué no consigo pronunciar el “te amo” que pudiera encerrarme entre tus brazos?
¿Dónde se encuentra el lugar en el que habré de encontrarme contigo…?
La noche cae, amigo, y comienzo a temer que sea sólo mía. Sobre mi piel juegan los recuerdos, las gotas de lluvia y los cordeles de esparto.
El silencio es una orquesta que no obedece a sincronías…¿lo escuchas?
La oscuridad es un haz de luz que ciega mis ojos… ¿lo ves?
¿Puedes sentirlo, querido rayo de luna…?