
Altira descendió con suavidad por el túnel de acero.
Sus pequeñas manos le servían para impulsar el cuerpo desnudo que caía deslizándose sin dificultad.
No acertaba a recordar las unidades de tiempo que llevaba en las entrañas de Nodriza, aunque podía intuir que debían de ser algunas más de las que planificara como necesarias.
Sus ojos, de iris tornasolado, habían alcanzado la máxima eficiencia y adaptados completamente al oscuro entorno le permitían poder percibir los detalles de las oxidadas uniones de metal, los márgenes de las pequeñas ventanas que conectaban con el exterior e incluso algunos "énipos" anaranjados, de pequeña cabeza y grandes patas que utilizaban los diminutos conductos para buscar un lugar alejado del manto empapado.
El olor de la tierra penetraba por los conductos de ventilación, traído por los fríos vientos propios a la estación de crianza.
Podía oler la humedad de la tierra empapada por las lluvias, oir su latido inconfundible.
El movimiento de los pequeños seres que habitaban fuera del túnel como los viscosos "énipos", rozaban la estructura con sus insignificantes cuerpos, intentando abrirse camino a través de él como a través de la tierra, sin conocer ni entender la naturaleza de aquel acero que discurría serpenteante profanando el vientre de Nodriza.
Aquel segmento del túnel debía de transcurrir sobre la gran sala, lugar al que Altira deseaba llegar, desafiando los códigos de conducta establecidos a las Nojks con limitadas unidades de tiempo.
Por el momento aún no había alcanzado su capacidad plenaria, pero sin haber llegado aún al límite del conocimiento de las ciencias poseía ya entonces signos internos de madurez.
Eran estos signos los cauces utilizados con seguridad por las voces de llamada que había intentado acallar durante varias órbitas de Xira; llamadas que quizá pertenecieran a algún ancestro, a algún ser viajante que la acompañaba y que atormentaba sus descansos con frases insistentes, susurros que disminuían degradados por el poder dimensional.
La atención que presentaba a sus pensamientos al bajar las oxidadas escaleras impidió que pudiera esquivar el cuerpo de un "ódriap" que corría asustado al percatarse de la presencia de la Nojk.
Los infelices "ódriap" habían servido siempre con ciega lealtad al reino. Al menos esto había creído Altira, que poseía varios para su aseo personal, y desde su primera fase de conocimiento cumplida, disfrutaba de uno para su servicio sexual.
Cuando la reina Inharah le otorgó este privilegio en la pasada estación de crianza, se había mostrado impaciente ante la inminente experiencia de apareamiento. La ceremonia se había extendido durante varias órbitas del satélite Xira, en las que ella y varias hermanas habían copulado por primera vez con distintos "ódriap"
La reina Inharah y varias hermanas mayores renegadoras del servicio del "ódriap" habían disfrutado del placer de sus propios cuerpos, privilegio sólo dado a las Nojks con indiscutibles capacidades plenarias.
Ellas habían sido durante miles de unidades de tiempo las madres del reino, las precursoras de la alianza, las descendientes directas de las primeras colonias. Todo había sido siempre del modo establecido, jamás pensó Altira que el "ódriap" pudiese poseer sus mismos orígenes; lejanos, oscuros y velados por el paso del tiempo.
Un tiempo desconocido en el que la vida habría sido diferente, tiempos ocultos que relataban la existencia de otra tierra y otro orden. Esto era parte de la enseñanza de las ancianas dueñas.
Su legado era extraño, sus historias hablaban de mutilaciones y sangrientas luchas, en una tierra lejana, mucho más allá de Nodriza.
Les hablaban también de cosas hermosas, de bellas noches iluminadas por un astro plateado... Desde entonces había comenzado a percibir los mensajes de aquel viajante dimensional...
Altira atravesó el segmento principal de Nodriza, atravesando el centro de poder y las salas de comedor, las diminutas celdas "buihara".
El túnel, excavado milenios atrás, presentaba múltiples reparaciones. Los conductos de ventilación consistían en arcaicos sistemas ya usados siglos antes. El acceso a la cámara subterránea sólo ofrecía un servicio insignificante debido a que el proceso final de Nodriza transcurría en las celdas de hivernación.
Nunca antes se había atrevido a llegar hasta el almacén de embriones.
Aquel era un lugar oscuro, una gran sala en forma piramidal, en la que tan sólo podía verse un depósito de resplandor purpúreo.
De vez en cuando una vieja dueña acercaba sus pasos lentos y seguros hacia el gigantesco tanque, arrastrando tras de si su característico cabello blanco por el suelo fenagoso. Asistiendo sus pasos con un bastón que sujetada con unas manos de largos dedos con pápulas.
Altira permaneció quieta y atenta a sus movimientos.
Pronto volvió el silencio a la gran sala, el leve borboteo del canal de aire sobre la superficie líquida era el único sonido. Recogió sus rúbeos cabellos sobre uno de sus hombros y esperó al final del túnel, escondida, anhelante.
Sus irisadas pupilas podían al fin percibir todos los detalles de la sala, el enorme techo de granito, las formaciones caprichosas en las rocas y el barrizal que conformaba el suelo, repleto de insectos.
Al fin avanzó cautelosa hacia el estanque, atraida por el fulgor purpúreo y el borboteo musical del fluido. Un olor denso y punzante le hizo retroceder.
Dispuesta a no desistir en su arriesgada incursión, optó por tapar la mitad de su rostro con una mano y asomar al estanque. Su piel pálida y desnuda reflejó el nuevo color, y una nueva expresión en sus ojos quedó dormida para siempre.
Miles de embriones se hallaban gestándose en pequeñas bolsas, flotaban en un mar púrpura conectados unos con otros por una incomprensible red de filamentos rugosos, de colores azulados y rojizos. La conexión ancestral volvió a atormentarla: aquello era lo único que quedaba de la Tierra.
Seres complementarios, que alguna vez fueron humanos, dominadores... cientos de miles de años después de la última civilización conocida eran gestados industrialmente, hacinados y sometidos por un reino de seres femeninos implacables que los utilizaban como esclavos fieles.
Los "ódriap" callados y sumisos, cuerpos fuertes programados para la esclavitud, manipulados genéticamente, hombres transgénicos sin pensamientos ni memoria, destinados a ser las víctimas de sus ancestrales compañeras...
Altira sonrió. De repente había sentido hambre; era necesario volver. Pasó su lengua violácea sobre los diminutos y afilados dientes.
Las celdas "buihara" ya estarían dispuestas...